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CUBETAZO DE AGUA FRÍA

Columnistas

CUBETAZO DE AGUA FRÍA

“Javier, lo que tú necesitas es un cubetazo de agua fría.”
Juan José Hinojosa

Estimados lectores les anexo el texto de mi discurso de cambio de directiva del Consejo del Iplaneg con el que cierro un ciclo intenso de 4 años al frente del mismo. Espero les resulte de interés.

Les debo confesar que nunca como esta vez me ha costado tanto decidir qué es lo correcto decir en este evento; en las últimas semanas he retocado y tirado a la basura presentaciones y borradores completos, todavía ayer en la madrugada andaba ajustando textos y puliendo frases. Me he sentido como el Hamlet de Shakespeare: Ser o no ser, decir lo que uno piensa y siente con convicción o salir del paso con un discurso anodino para no hacer olas.
Cuando le platicaba a mi padre de los autos eléctricos, su impacto y el gran negocio que serían, él me escuchó con atención y al final me dijo: “Javier, lo que tú necesitas es un cubetazo de agua fría”. Después del fracaso monumental de los cochecitos aprendí una lección que sigo hasta hoy: nunca tomo una decisión al “bote pronto”; busco con quien rebotar los proyectos y quien pueda mejor aconsejarme sobre la decisión a tomar.

A cuatro años de haber sido honrado con el cargo de presidente ciudadano y otros 4 como miembro del primer consejo, dedicándole tiempo, voluntad y pasión al Instituto de Planeación del Estado de Guanajuato, siento que estamos obligados a decir las cosas como son: con franqueza a la vez que con respeto y cariño por este México que todos amamos.

La mayoría de ustedes me conoce y sé que muchos me etiquetan como soñador e idealista; yo creo que en el fondo todos llevamos algo de esto en nuestras venas, todos soñamos con un mundo mejor, con un Guanajuato mejor, con una vida mejor para todos, simplemente algunos hacemos más ruido que otros. El Iplaneg es el instrumento que se ha atravesado en mi camino y sobre el que me he montado para tratar de darle orden y curso a todos estos buenos propósitos. Sin embargo, qué difícil es mover la realidad, es la poderosa y avasallante inercia de la vida la que nos arrastra en su cauce como hojas a la deriva en un rio caudaloso haciéndonos sentir pequeños e impotentes, aniquilando nuestros sueños de juventud y conformándonos con la fuerza abrumadora de la realidad.

Qué más quisiera yo que presentar ante ustedes un informe triunfalista lleno de logros, cifras y hechos, haciendo sentir que nuestro paso por el Instituto dejó una huella profunda y perdurable, desde luego que ha sido mucho lo que se ha logrado, sin embargo prefiero hacer un recuento de lo mucho que por recorrer y quiero ser muy honesto y objetivo: estamos haciendo camino al andar y estas reflexiones deben dar pauta para que este nuevo ciclo que hoy se inicia pueda dar continuidad y edificar sobre lo construido.

Hay algunas preguntas clave para valorar la influencia y el impacto de nuestra gestión:

¿Hemos logrado posicionar una visión de futuro del Estado en el imaginario colectivo incluyendo las autoridades? Quizá un poco el tema de ciudades humanas y algunos temas educativos.

¿Ha sido el Iplaneg el origen de los grandes proyectos de este sexenio, o del anterior? ¿Hemos incidido en la evaluación de los grandes proyectos y las grandes inversiones, “antes” de que esto éstos se hayan decidido?

¿Hemos sido un contrapeso oportuno y eficaz al ejecutivo en la toma de sus decisiones?

Lamentablemente las respuestas a estos últimos cuestionamientos no son afirmativas, los consejeros nos hemos quedado con la sensación de que la mayoría de las decisiones se han tomado al margen del Consejo y nuestro papel como consejeros se ha limitado a ser informados de las decisiones que han sido tomadas de antemano, dando por hecho que validamos dichas decisiones.

En los intensos talleres nos dimos la oportunidad de cuestionarnos y surgieron múltiples dudas sobre si lo que hacíamos tenía sentido, sobre cuál era nuestro rol y hasta dónde deberían llegar nuestras atribuciones. A raíz de estos cuestionamientos se hizo una reestructura del Instituto que, de llevarse a cabo estoy seguro que le permitirá cumplir su cometido de mejor manera en este nuevo ciclo que comienza.

Permítanme contarles algo de la historia de mi padre:
Mi padre falleció hace 15 años, la política fue su gran pasión y el periodismo y la cámara de diputados sus instrumentos para influir en ella, vivió una época en la que a los periodistas disidentes los mataban sin más. Siempre admiré su manera franca y elegante de cuestionar el sistema político mexicano, el hizo mucho para que hoy vivamos esta democracia y este clima de libertad, aunque imperfectos, muy lejos del absolutismo priista que padecimos y que tanto criticó él en su momento. Lo traigo a colación porque un tema recurrente en sus escritos era la crítica al poder que acumulaban los presidentes en turno, el triunfalismo, y cómo de la noche a la mañana, de ser oscuros funcionarios se transformaban en caudillos infalibles; y cómo se iban descomponiendo, producto de la adulación cotidiana de quienes los rodeaban, haciéndoles perder piso y tomar decisiones equivocadas con obras y proyectos milagrosos que se anunciaban con bombo y platillo y que prometían “ahora sí” cambiar el curso de la historia del país. Planes y proyectos que en su mayoría terminaron en el basurero del olvido junto con sus creadores quienes ya fuera del poder quedaron condenados al ostracismo.

Treinta años después sus palabras siguen teniendo vigencia: sigue siendo excesivo el poder que se acumula en el ejecutivo y la discrecionalidad con que se ejerce el presupuesto, exacerbado por las muchas voces que les hablan al oído procurando favores y demasiado pocas y débiles las que lo cuestionan, mi padre solía decir: “Más vale una colorada que ciento descoloridas”; la realidad es que, como sociedad, no hemos construido los contrapesos indispensables para darle solidez a las decisiones de las autoridades. Grandes proyectos y grandes sumas de dinero se siguen invirtiendo en proyectos que luego no saben qué hacer con ellos, a costa de otros que pudieran paliar las muchas necesidades de los pobres y marginados que tanto abundan en nuestro país. Contrapesos que hubieran evitado despilfarros, como el del parque Bicentenario y las 900 hectáreas de la fallida refinería en Salamanca, hoy convertidos en elefantes blancos, a los que se les busca infructuosamente alguna utilidad todos los días. Contrapesos que debemos crear cambiando el lenguaje con que interactuamos con las autoridades, se nos olvida ejercer el artículo 39 de nuestra constitución: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.”

Las autoridades deberían dejar de considerar a todos los consejos ciudadanos como un mal necesario, una piedra en el zapato o una forma ligera de validación y aprovechar toda la experiencia de éxito y el talento acumulado de quienes, gratuita y desinteresadamente pueden servir como filtro que le dé peso, solidez y respaldo a las grandes decisiones, enriqueciéndolas y ahorrándoles de paso futuros descalabros.

Concluyo con la misma recomendación de mi padre: el Consejo ciudadano del Iplaneg debiera ser para las autoridades del Estado ese refrescante cubetazo de agua fría que requiere toda inversión de mediana o gran cuantía.

Por Ing. Javier Hinojosa

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