Cambio
Esta sencilla palabra tiene numerosas aplicaciones en diversos campos: economía, medicina, finanzas, filosofía, etc. Desde la antigua Grecia se discutía si le cambio es real o sólo aparente. Heráclito reducía toda la realidad al cambio pues nada permanece. Parménides opinaba lo contrario pues argumentaba que suponer eso equivaldría a disolver la realidad. Para cualquier persona el cambio es evidente –y hasta necesario- pero por otro lado el cambio no supone desaparición de una cierta identidad básica. Un adulto fue niño y adolescente: ha cambiado pero sigue siendo la misma persona.

Ante esto, todos asumimos posiciones: unos a favor y otros en contra del cambio. A unos los llaman liberales y a otros conservadores, respectivamente. Podemos suponer que una posición antagoniza a la otra y busca eliminarla, como ha sucedido en la historia de varios países. Pero esta lógica histórica no hay necesidad de aplicarla en la vida cotidiana pues el cambio y lo sustancial conviven armónicamente. Por ejemplo, una semilla genera vida al transformarse y, aparentemente, desintegrarse. Al crecer como planta multiplica su ser miles de veces: se potencia.

Esta capacidad la podemos aplicar a los cambios que experimentamos en nuestra vida y en la comunidad que vivimos. Los cambios son inevitables pues las sociedades avanzan y crecen porque son organismos vivos: están formadas por seres vivos e inteligentes que se proyectan al futuro. Nadie imagina la vida sin los adelantos que ahora utilizamos. Un adolescente sin su smart pone se siente desvalido, desconectado del mundo que ve a su alrededor. Un pueblo que no cambia, es una realidad imposible. Aunque no lo percibamos, el cambio se da en miles de formas en nuestro entorno.

Ante los cambios, y en un ambiente democrático, la autoridad civil busca casi siempre la opinión de los ciudadanos ante determinados proyectos. De la intercomunicación debe surgir una síntesis que abarque ambos puntos de vista. El proceder autoritario, además de estar desprestigiado, resulta perjudicial. Y obviamente este diálogo debe nacer de la razón, de la inteligencia y de los intereses de la mayoría pues lo que se decida afectará o beneficiará a todos. Hay que argumentar con hechos bien documentados tanto de parte de la autoridad como de los ciudadanos. De esta forma podemos construir una comunidad informada y participativa.