La noticia del reciente gasolinazo es ya dolorosa en sí misma. En algún momento se opinó que afectaría solamente a quienes tienen coche quienes se supone pertenecen a un sector privilegiado y minoritario. De esta forma el subsidio dejaría de favorecer a ese sector ya tan consentido por la fortuna (aparentemente). Y la conclusión sobreentendida sería que ese subsidio recuperaría así su destino más noble: favorecer a las clases desposeídas. En este mundo ideal floreció otra teoría: México ajusta el precio de su gasolina debido a factores externos sobre los que –naturalmente- no tiene ni puede tener control alguno. En consecuencia, no hay nada que hacer al respecto.

Otro posicionamiento habla de los efectos benéficos de la Reforma Energética que, infortunadamente, serán perceptibles a largo plazo pero -también infortunadamente- los mexicanos solemos ser impacientes. Una explicación alterna compara los nuevos precios de la gasolina en México y nos damos cuenta de que somos de los pocos países en que se puede comprar gasolina barata. Los pobres finlandeses, alemanes, franceses y japoneses realmente la consiguen a precios elevados. Alguien también argumenta que los efectos ecológicos de este gasolinazo harán que los conductores manejen menos y administren mejor los escasos litros que pueden comprar. Se combate así la terrible contaminación que padecemos por lo que los beneficios ecológicos son más que evidentes.

Estas explicaciones no han hecho gran mella en la irritación ciudadana. Ha habido marchas de protesta y hasta en nuestra tranquila zona hubo manifestantes. En varios estados pero principalmente en la zona metropolitana de la Ciudad de México y el Edomex ha habido brotes especialmente notorios en los que se han dado saqueos de comercios. En este punto hay periodistas que afirman que son los “infiltrados” los que cusan esos desmanes precisamente para ensuciar y “satanizar” las marchas ciudadanas de protesta.

Todo este panorama es rico en motivos de análisis de nuestra realidad social pero lo que llama más la atención es que los ataques y quejas se enfocan en un punto: se culpa a la clase política de la situación actual. Si el país marcha bien, el mérito se lo adjudican los políticos. Cuando surgen problemas, la culpa es de los extranjeros o de los malos mexicanos. En realidad el problema quizá radique en la poca credibilidad del mensajero. Nuestros políticos nacionales han hecho de todo para arruinar su prestigio profesional. Dan la impresión de vivir en un mundo artificial que el resto desconocemos. Para ellos es natural tener un horario laboral muy relajado y además recibir sueldos y bonificaciones excesivas para el mexicano común pero que ellos consideran justificadas.
Además de su escaso rendimiento laboral tienen fama de corruptos.

Y es esto lo que los descalifica para lograr simpatía o credibilidad de parte del ciudadano común. Se ha llegado a tal grado de incredulidad que digan lo que digan, la reacción natural del ciudadano es la duda o la sospecha. No importa qué datos aduzcan o a qué autoridad se remitan, el ciudadano pensará que el político sólo se mueve cuando hay un beneficio personal de por medio.

Por eso en las protestas ciudadanas no se culpa a los demás países o la OPEP o a Trump por el alza de la gasolina, toda la indignación se ha concentrado en contra de la clase política.