Giovanni Sartori.
Una actividad que teóricamente es esencial para el progreso humano es la política. Su función es conducir a la sociedad y mantenerla cohesionada teniendo como base las leyes que, a su vez, surgen como expresión de los valores de una comunidad, teóricamente hablando, de nuevo. Y, por otro lado, la educación es el instrumento de inserción en la sociedad y también en el medio de superación. Mediante la educación cada individuo se hace consciente del mundo que le rodea, de sus semejantes y de sus obligaciones y derechos en ese conjunto de seres iguales a él.

Para Sócrates, un pensador griego y no un futbolista brasileño, la democracia (gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo) era recomendable bajo ciertas condiciones. La primera de ellas es que lo electores fueran personas con educación, es decir, conscientes de lo que estaban haciendo al votar y de las probables consecuencias. Atenas era una ciudad mediana y los esclavos no contaban. Las votaciones quedaban en pocas manos y por eso él hacía este ejercicio mental: si viajas en barco, supones que el capitán sabe la ruta y conoce al manejo de la nave por lo que estás seguro de llegar a tu destino. ¿Por qué votamos todos por alguien que conduzca la ciudad sin conocerlo realmente? Con esto él quería enfatizar la importancia de participar en política y de hacer oír la propia voz.

Hoy, los políticos en todos los rincones del mundo están a la baja por situaciones creadas por ellos mismos. En cierta medida también hemos colaborado toda la población. No recuerdo, en mis más de 70 años, un clima de tanta sátira y burla sobre un presidente norteamericano. Pronto se estrenará un programa de televisión con el único tema de hacer befa de Trump. Y todos los días es objeto de mofa por sus disparates en Twitter. Sus colaboradores han hecho también su aportación para este clima de escarnio.

Día tras día se descubren tramas de corrupción en todos los partidos y en todos los países. Según un pensador italiano, G. Sartori, la abundancia de dinero ha corrompido a la clase política. Señala también, como otra causa, nuestro apetito actual por el show y la información “espectacular”. Un analista político, en sintonía con Sartori, comenta que de “homo sapiens” nos hemos convertido en “homo videns”.

Sapiens alude a conocimiento, a funcionamiento del cerebro. Videns se refiere a la vista, a la visión. Este predominio de la imagen por encima de la información hace que demos más credibilidad a las imágenes que a un fatigoso texto, un razonamiento o exposición de hechos. Leer supone un esfuerzo y poder seguir una argumentación para llegar a una conclusión. La imagen habla por sí sola –según el que la ve- por lo que se le puede acomodar cualquier comentario según el gusto del comentarista. Se puede usar para ridiculizar o halagar, para demostrar un rumor o desmentirlo, para originar una noticia falsa o confirmarla, etc. Las aplicaciones son infinitas.

Y si tomamos en cuenta que la imagen digital es manipulable de mil formas, tomar una imagen como base de alguna información es algo sumamente endeble. No soy experto en Derecho pero supongo que una grabación o una foto no pueden ser admitidas como pruebas para condenar a alguien pues ambos medios admiten manipulaciones ilimitadas. Si en la democracia actual usáramos el análisis racional y participáramos en política (no sólo como espectadores), quizá toda esta degradación contemporánea la hubiéramos podido detener a tiempo. Habría que combinar al homo sapiens con el homo videns de manera inteligente porque ambas funciones están interconectadas y se necesitan mutuamente. No basta con ver, es necesario comprender para actuar.