Religión
Hace unos días leía un episodio de la guerra de Independencia en que un sacerdote se unió a los independentistas y, como símbolo, tomó el estandarte de la Virgen de Guadalupe de la capilla para lanzarse contra los españoles. Hidalgo fue excomulgado. Estas dos caras de una misma fuerza, la religión, nos ofrecen material de reflexión. Creer en Dios y demostrarlo es parte importante del ser humano, como lo documenta la historia. Honrar a Dios se ha interpretado de diversas formas; algunas unen al creyente a los demás; otras, al diferenciarlo, lo alejan del resto de la humanidad o hasta supone hacer un servicio a su Dios si extermina a los infieles o no creyentes.

Los cristianos, en algún momento, interpretaron de esta manera su fe. Hoy nadie sirve a Cristo matando a los no creyentes. Es superior el mandato del amor mutuo, tolerancia, servicio y respeto. Las leyes occidentales evolucionaron en ese sentido. La Virgen de Guadalupe simbolizó la lucha de un pueblo nuevo por afirmar su identidad y esto debe explicar, en parte, la devoción tan arraigada a la Virgen de Guadalupe. Simboliza la lucha por la libertad, por el deseo de ser uno mismo y determinarse: ser libre. La religión en este caso liberó al ser humano.

De hecho, hay filósofos que hablan de la fuerza de la religión como un motor para realizar todas las energías del ser humano. El ser divino, evidentemente, no puede ser comprendido o abarcado por el ser humano pero al mismo tiempo lo impele a ser más, a tender a un ideal, a intentar asemejarse a las energías positivas del universo. En el cristianismo esta percepción incluye el diálogo personal con esa realidad superior y por tanto con todos los que comparten la naturaleza humana.

Lo que sucede con la religión sucede también con esa fuerza que llamamos amor. A algunos los puede elevar a tales niveles que sirven de modelo a la raza humana. Otros viven el amor de manera tan parcial que los lleva a crueldades y acciones que a todos nos asustan. Los celos homicidas, el masoquismo, el sadismo tienen como raíz un amor distorsionado. El nacionalismo –amor a la propia nación- de Hitler lo llevó a trágicos extremos. Cuando los franceses fueron atacados en París algunos opinaron que los mexicanos deberíamos entristecernos y lamentar la vidas de los mexicanos asesinados antes de lamentar la muerte de extranjeros. Es decir, si amo a mis paisanos, no tengo ya capacidad sobrante para amar a los demás.

Esto falsea la fuerza del amor, como el fanatismo falsea y desnaturaliza la religión. El amor cuanto más se da, más se reproduce o fortalece. Amar a mi país y a mi familia, no significa ser indiferente a todos los demás y a lo que me rodea. El amor no es una sustancia física con determinado volumen y que después de cierto desgaste quedará agotado. La naturaleza del amor y de la religión es que ambos son inagotables y liberadores. Cuando se malinterpretan causan muerte y dolor. Este 12 de diciembre festejamos la liberación y el proceso en marcha –tan rico y variado- de la construcción de nuestra nacionalidad.