Alegría

La alegría une e ilumina, mientras que la tristeza oscurece y aísla.

En nuestra región las fiestas anuales se celebran al final del año o en los primeros días del año nuevo. Las explicaciones pueden ser múltiples pero ciertamente la temporada de la cosecha tiene mucho que ver. Inicia Uriangato, sigue Yuriria, viene después Moroleón y en seguida Salvatierra. Vale la pena reflexionar un poco sobre la razón de ser de las fiestas. El contraste ayuda a visualizar mejor una idea. La tristeza lleva a la persona al aislamiento, a las dudas sobre su autoestima, a la desconfianza y, en casos extremos, hasta a la depresión patológica. La alegría, por el contrario, es un sentimiento luminoso y refrescante que necesita ser compartido con los demás. Vienen de manera espontánea las exclamaciones, los gritos, los saltos, el baile para significar que estamos invadidos por una grata sensación y deseamos que todos la compartan. En los triunfos deportivos no es raro ver que una persona bese y abrace a un desconocido. Y el desconocido no se ofende: acepta el gesto de alegría y hasta lo devuelve. La alegría une e ilumina, mientras que la tristeza oscurece y aísla.

Esta es la razón de ser de los desfiles inaugurales, de la música, de la acrobacias, de los colores chillantes, del confeti y las serpentinas, del repique de campanas, de las golosinas y la luz abundante, los regalos, la efusividad, las sonrisas, etc. Los médicos hablan de la alegría y su valor terapéutico y los “doctores de la risa” aplican esa teoría en algunos hospitales. La alegría pone el trabajo entre paréntesis y también las preocupaciones retroceden. Dan ganas de gastar y complacer a la familia. En años pasados la gente ahorraba para los estrenos de “Fiesta” y lucía sus mejores galas en el baile o en la plaza.

En pocas palabras, las fiestas son necesarias porque nos reafirman en nuestros mejores sentimientos. Nos hacen salir de nosotros mismos e ir al encuentro de los demás. Nos estimulan a romper límites que quizá nosotros mismos nos hemos impuesto. Es una invitación a la libertad y a reposesionarse de los espacios públicos que son lugar de encuentro ciudadano. El consumo de alcohol es parte de las fiestas pero es recomendable no dejarse dominar por él porque entonces todos los efectos positivos de la alegría se contaminan y se convierten en veneno.

Todos estamos invitados a todas las fiestas y con ello vigorizamos nuestra cercanía. Esta cercanía debe sellarse en ese marco y ambiente de alegría y de esta forma no sólo perdurará sino que nos llevará a mejores niveles de convivencia y colaboración.