Simetría
Esta característica (mitades iguales, en un corte vertical) la tienen algunos organismos. Muchas cosas en la vida también la tienen y son evidentes para todos los que vivimos en sociedad. Si recibo un favor, se espera no sólo agradecerlo sino corresponderlo. De esta forma se cierra el círculo y la expectativa habitual de todo ser humano.

Si recibo, se espera que dé. Esta sencilla regla hace que la convivencia sea agradable y constructiva. De hecho la simetría es considerada como un rasgo agradable desde el punto de vista estético. Un organismo primario, como una amiba, es algo informe y nuestro sentido natural de armonía no lo encuentra atractivo.

El ser humano es simétrico y lo ilustró magistralmente Leonardo da Vinci en su célebre dibujo del “hombre de Vitruvio” que encaja en un círculo y un cuadrado. Estas proporciones innatas hablan de la perfección natural que todos observamos y disfrutamos. De la misma manera, en la vida social se aplica esta correspondencia: a cada derecho corresponde una obligación. Es una señal de infantilismo esperar que los demás sólo son proveedores y en esa medida juzgamos su valor. Un niño llora y de inmediato sus padres acuden al llamado y pueden adivinar si el llanto es dolor, incomodidad o hambre o solamente el deseo de tener a alguien cerca.

El niño no está obligado a dar nada a cambio ni se espera que lo haga. Si sonríe ante las palabras dulces o al recibir el tibio biberón, los padres lo festejan. Al ir creciendo los padres le enseñan a agradecer y al año, o poco después, empiezan a expresar agradecimiento. Se dan cuenta de que si reciben algo y lo agradecen, los demás sonríen y quizá hasta le den algo más. Entiende que hay que dar para recibir.

En el kínder los niños aprenden a tomar a los demás en cuenta y, en seguida, aprenden a ayudar. El otro no es un rival sino un semejante. En la primaria ya expresa su pensamiento de manera muy elaborada y sabe disimular las contrariedades que encuentra. Está aprendiendo a controlarse pero también a controlar a los demás.

Los adultos somos parte consciente de una comunidad. Todos ejercemos alguna influencia en la familia, en el trabajo, en la escuela, en la iglesia, en el equipo o en el club. Damos tiempo y talento y ayudamos a que nuestros semejantes sean y se sientan partes importantes del grupo. Estas relaciones se afianzan en los valores personales y comunitarios. Uniendo los valores y la empatía por el otro, nuestra convivencia transcurriría con suavidad. La calle no sería un foco de conflicto sino de encuentro. La mantendríamos limpia porque al apreciarnos nosotros mismos apreciamos a los demás. Si doy, es casi seguro que recibo. Si doy maldiciones, seguramente recibiré eso mismo. Si agredo, el otro se sentirá con derecho a hacer lo mismo. Si saludo con afecto, tengo derecho a esperar lo mismo.

Ver al gobierno solo como un inmenso proveedor nos priva de la iniciativa personal. El gobierno tiene sus deberes pero nosotros ciudadanos también. Si falla, hay que señalarlo. Si cumple, podemos reconocerlo y alentarlo pero solo está haciendo lo que le toca. Tenemos derechos pero no olvidemos las obligaciones con los demás. Si nos cuidamos unos a otros, por nuestro bienestar, podríamos vivir en esa armonía y proporción que admiramos en los organismos superiores.