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EDITORIAL

Mentalidad
Nos llamamos seres racionales porque suponemos que nos guiamos por la razón en nuestras acciones. Existen creencias que no nacen necesariamente de la razón pero que desempeñan un papel decisivo en la vida de todos. Una creencia que la mayoría considera absurda es llamada prejuicio, es decir, se asume aunque no tenga justificación racional. Hay abundantes ejemplos históricos de los daños que causan los prejuicios pero eso no los ha hecho desaparecer. Los asuntos de fe son valiosos aunque no tengan raíces racionales.

En este fino tejido se mueve la vida de todos nosotros. Anhelamos vivir de acuerdo con la razón porque es una cualidad que es aceptada y valorada universalmente. La razón nos dice que la vida y la libertad son valores innatos y por defenderlos los hombres arriesgan todo. Otro valor universal es la necesidad de la verdad. De hecho la confianza mutua (veraz) es lo que permite vivir en sociedad y es el cemento del sistema bancario y financiero.
Un valor menor (en este universo) puede ser la autoestima personal o el sabernos seres dignos e irrepetibles.

Resentimos cuando alguien se acerca demasiado a “mi espacio vital” pues sentimos que esa invasión equivale a reducir mi propia dignidad. Si el otro pasa sobre mí, es que piensa y actúa como si yo fuera inferior o menos digno. Por eso en las filas –aun estando apretados unos contra otros- rechazamos los empujones y que se nos “encimen”, nos hagan a un lado o tomen un lugar adelantado que no les corresponde. Quien así obra, minimiza con su acción a los demás y esa sensación no es grata.

Ahora veamos lo que ocurre en nuestras calles y carreteras. Alguien va manejando a una velocidad moderada quizá buscando el número de un domicilio pero quien va detrás, en otro vehículo, lo va hostilizando poniendo su defensa a milímetros del “tortuga”, enciende los faros con luz alta –preferentemente- y si eso no basta hace sonar el claxon repetidamente. El mensaje es: “me estorbas; hazte a un lado, yo tengo prisa, verdadera prisa y tú sólo vas perdiendo el tiempo”.
Las motos son igualmente exigentes: su velocidad es alta porque usualmente tienen urgencia y su urgencia es real y no ficticia como la de los demás; les es especialmente molesta la gente que cruza lentamente las calles… Y por eso las motos no ceden el paso ni en los cruces marcados… faltaba más!

En las carreteras los trailers y los autobuses compiten por el espacio y tratan de intimidar a todos los minúsculos y molestos coches. Ellos consideran que son sus grandes vehículos los que tienen toda la razón para ocupar la carretera pues ellos sirven a la economía mientras que los demás conductores son, además de inútiles, ignorantes. Y como consecuencia de esa mentalidad consideran natural la intimidación, los claxonazos, los acercamientos de defensa y encendido de faros, rebases temerarios, señales insultantes, etc. Hay que dejarles el camino a ellos: reyes de la carretera.

Por supuesto que no puede haber un policía por cada metro de calle o carretera pero nada de eso sería necesario (ni siquiera los topes en nuestras calles) si la mentalidad fuera diferente y respetáramos los señalamientos y límites de velocidad. Caminar no es un delito aunque así lo perciban algunos conductores. Las calles y carreteras las pagamos todos y no sólo los conductores de vehículos, por lo tanto todos tenemos el derecho a usarlas. Dar la debida dignidad a los demás nos enaltece en lugar de disminuirnos.

La próxima vez que tenga la tentación de sonar el claxon, acercar demasiado su defensa, encender sus faros o acelerar para ganar el paso a un peatón, venza ese deseo y conceda el paso o dé el espacio conveniente al vehículo que va delante. Agradezca las cortesías de tráfico que haya recibido y quizá así –lentamente- podamos recuperar nuestra humanidad. Un agente de Tránsito no es necesario para cambiar de mentalidad: lo puedo hacer yo si me convenzo de que es lo mejor para todos.

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