“Javier, fíjate en este huevo: bello, resistente, hermético, limpio y práctico. Nadie ha podido igualar un empaque tan perfecto.”
Juan José Hinojosa

Mi vida siempre ha estado ligada a los empaques. Durante años mi padre trabajó como director comercial de Vitro y desde niño me platicaba de las bondades del vidrio para contener, preservar líquidos y su posibilidad de reusarse o fundirse indefinidamente. Era la época en que tomábamos agua de la llave, mi madre iba al mercado con bolsa del mandado y las botellas de refresco y leche tenían valor y se recirculaban: los mismos camiones de reparto las regresaban vacías al embotellador donde se lavaban en grandes máquinas, se rellenaban y retornaban a la tienda dando cientos de vueltas.
Por azares del destino de joven comencé con una pequeña imprenta en la ciudad de México; años después iba a transformarse en la fábrica de etiquetas de papel más importante del país y de ahí a cajas de cartón, oficio que me ocupa y desvela actualmente. Mercadotecnia, diseño, marca, imagen, originalidad y funcionalidad, derivan en empaques que, a través de formas y colores, no solo contienen y preservan el producto sino que le dan identidad hasta su uso por el consumidor. Normalmente hasta aquí llega la tarea de mercadólogos, diseñadores y productores; los fabricantes nos limitamos a elaborar los envases y empaques de acuerdo a las especificaciones de los clientes.

Hasta ahora me he hecho más consciente de lo que realmente es la basura y me doy cuenta que solo vemos una parte de la película: la parte deslumbrante de color, de anuncios, de spots televisivos con bellas modelos, cancioncitas pegajosas, sentimientos y humor, de empaques y envolturas relucientes, de anaqueles impecables en tiendas limpias profusamente iluminadas y es ahí donde ponemos pausa o detenemos la función para no ver el triste desenlace: la siniestra historia que cuenta a a dónde va a parar todo ese empaque que desechamos una vez que consumimos el producto, los insostenibles rellenos sanitarios y los ríos, playas y mares que estamos contaminando a una velocidad de vértigo.

La sabia naturaleza en cambio, se ha encargado de diseñar sus productos de una forma magistral: tomemos por ejemplo, un plátano, una manzana o el mismo huevo que me mostraba mi padre y vemos cómo forma y color definen el producto con más fuerza y personalidad que la misma Coca Cola, con la diferencia de que su empaque, en forma de cáscara, está tan sabiamente diseñado que no solo lo cubre, aísla y protege, sino que, a través del tacto y los cambios en su color, olor y apariencia externa nos anticipan su madurez o caducidad y sus envolturas, una vez desechadas, en la tierra se convierten en poco tiempo en tierra nueva, enriquecida y lista para nutrir nuevas cosechas.

Si ordenamos improvisadamente de menor a mayor impacto ambiental los materiales utilizados hoy en día para empaque, quedarían más o menos así: cartón, papel, vidrio, aluminio y acero, seguidos de lejos por las combinaciones de cartón con plástico (que dificultan enormemente su reciclaje) tan comunes en envases de leche, jugos y productos de limpieza, los envases, bolsas y envolturas de plástico y al extremo los execrables platos, vasos y contenedores desechables de unicel.

Como consumidores es nuestra obligación entender la parte perversa del ciclo de los empaques y envases que compramos y ejercer nuestro privilegio de rechazar, para empezar, aquellos cuyo único destino es contaminar el planeta como platos, popotes y botellas desechables. Como productores es nuestro deber moral involucrarnos para completar el ciclo de los empaques después de su uso buscando acercarnos a replicar el modelo de los empaques perfectos de Dios.

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero del Iplaneg