Por Sofía Ponce de León Tena

Me desperté una mañana y lo primero que se me vino a la mente fue “Este día va a ser un asco”. No me malinterpreten, generalmente no soy una persona negativa, pero por algún motivo todo estaba mal: la alarma sonó quince minutos después, mi cabello tenía pintura impregnada y caí en la cuenta de que no tenía pan integral para prepararme el lunch de la escuela. Intenté poner una cara bonita al llegar a clases pero solo empeoré las cosas y terminé gritándole a todos. Descubrieron un lado de mí que nunca habían visto porque están acostumbrados a verme feliz, radiante. Pero ahora estoy más apagada que una fogata por la madrugada y tan tóxica como el humo de las cenizas que te queman la garganta y lastiman tus ojos.

Me dije a mí misma que no volvería a suceder, que si me organizaba un poquito más, las cosas se pondrían a mi favor. Pero no fue así. Los días pasaban y yo seguía encontrando razones para estar de malas: “No tengo dinero” o “Me pusieron falta en clase” o “Me rendí en la última serie de ejercicios”. Y me costó darme cuenta, en verdad, que mis problemas no eran externos sino internos. ¿Cuántas veces hemos culpado a lo que nos rodea por no poder cumplir nuestros propósitos? Digo, no podemos controlar todo lo que pasa pero sí podemos decidir en qué nivel nos afecta.
Como seres humanos, tendemos a maximizarlo todo. En nuestro afán por tener más (porque creemos que poseer significa poder) también terminamos haciendo grandes los problemas chiquitos.

Decimos “Oh, no tengo tal teléfono y hasta que no lo compre no voy a poder descargar tal aplicación para correr y por lo tanto no haré ejercicio y mejor veo la tele”; “Carajo, no tengo el cuerpo bonito para usar ese vestido y por lo tanto, aunque me gusta mucho, no me lo voy a poner”; “Pues ni modo, no meto goles como Messi y cuando lo intento, mis amigos se burlan de mí. Y aunque no lo dicen en serio, para mí sí lo es y pues ya no voy a jugar con ellos”.

NO. NO. NO. Ya no te limites así. No necesitas una vela para iluminar. No necesitas que te agradezcan para hacer un favor. No ocupas zapatos para poder caminar.

Después de que leas todo esto, después de que te cale la cruda honestidad de mis palabras, quiero que subas a un lugar muy alto, puede ser una azotea, un árbol, un mirador. Sea de noche o de día, quiero que veas lo que te rodea. TODO. El cielo en su mayor resplandor y el mundo preparándose para un nuevo día o disfrutando de los últimos instantes de este. ¿Entiendes que hay cientos o miles de galaxias que quedan por descubrir? Que conoces una parte minúscula de este planeta, que donde ahorita estás tú antes estuvo otra persona que también sufrió, lloró y sonrió.

Cada cabeza es un mundo pero tú vives en un universo de constante cambio. Estás rodeado de grandeza. Deja que eso te abrume, no la preocupación innecesaria de los eventos banales y cotidianos. Lo digo porque la vida se acaba en un instante y no siempre somos conscientes de ello. Me tomó unos días entender esto, días que pude aprovechar en lugar de rechazar.

Nos vemos pronto y mientras tanto, no te olvides de vivir.