Por Sofía Ponce de León Tena

Hoy empecé mi día con un té de naranja y canela que duró alrededor de cinco minutos en llegar a una temperatura que no me quemara la lengua. Así no es como mi mamá me enseñó a preparar un té: ella siempre pone a calentar el pocillo un par de minutos, sirve tres cuartos en la taza y lo demás lo llena con agua tibia. Si tienes sed, es más rápido así. Pero me gusta aprovechar ese breve instante en que la bebida se enfría levemente para pensar, ya que a veces solo se necesitan un par de minutos para darnos cuenta de las cosas que ignoramos.

Empecé a usar lentes hace apenas unos dos meses. No me enorgullece decirlo, es verdad, porque durante muchos años fui el orgullo de la familia; la única que tenía una buena vista. La que leía a lo lejos la cartelera del cine antes que mis hermanos, la que le decía a mi mamá las letras pequeñas del frasco de pastillas y la que veía manchas en lugares nadie notaba. No creía que esto me volvía superior, pero sí más lista. Y ahora que lo pienso dos veces, quizá eso me hizo más ciega.

Así pues, las largas noches de desvelo en el celular comenzaron a dañarme la vista y lo inevitable sucedió: el doctor me dijo que ocupaba lentes, al menos para leer y estar en la computadora. Lo acepté con normalidad porque al fin y al cabo siempre había tenido curiosidad de cómo sería mi aspecto usando anteojos. Después de unas semanas me di cuenta del gran alivio que sentía; era impresionante cómo había dejado de dolerme la cabeza y comenzaba a distinguir detalles que jamás me habían pasado por la mente. Ahí fue cuando empecé a cuestionarme qué otras cosas he ignorado sin darme cuenta. Cosas que no queremos ver porque es más fácil ser indiferentes o que nos han ocultado porque la verdad duele.

Es como cuando descubres la verdadera identidad de los reyes magos o tu equipo favorito de futbol resulta ser un fracaso. Son momentos en la vida que te marcan y nada vuelve a ser como era antes. Tu mente se transforma y no hay manera de volver incluso aunque cierres los ojos y te niegues. Tus papás te mintieron sobre de dónde vienen los bebés, Ricky Martin resultó ser gay, el gobierno no es tan bueno como dice ser y la persona que te dijo que te amaba, puede que en el fondo no lo hacía. Todo el mundo miente y es normal, es más fácil. Y algunos se percatan de ello y otros no quieren hacerlo. Ya es cosa tuya usar o no lentes, develar lo que tienes enfrente y abrir tu panorama o continuar dando pasos con ojos cerrados. Al menos yo estoy segura de que prefiero una verdad directa a una mentira que largo plazo va a lastimar.

Mi recomendación de esta semana es la película de Matrix, la original de 1999. Este semestre la tuve que ver a condición de un profesor que me causa dolor de cabeza. Fue mi primera vez y quedé encantada por la cantidad de mensajes que contiene. En ella podemos ver a Neo en su aventura por romper el sistema y, a pesar de que han pasado más de veinte años desde que salió, no la veo tan lejana de la realidad en la que vivimos hoy en día (Sabiéndola interpretar, claro está). De verdad espero que la veas y te sirva un poco para saber a qué cosas eres ciego porque quieres y cuáles no has logrado ver hasta ahora.
Nos vemos hasta la próxima y gracias por leerme.