Bien dicen por ahí que si no sales de tu zona de confort, nunca sabrás lo que es vivir. Basándome en esta filosofía he ido proponiéndome pequeños retos: mejorar en un nuevo idioma, saludar a extraños en la calle o, el más reciente y desafiante hasta el momento: realizar la caminata anual de 23 (¿O 25?) km a Huandacareo. Y lo mejor de todo: sobreviví para contarlo.

Si me hubieran dicho hace un año que iba a caminar esa distancia, me habría reído fuerte y tendido. Ni de pequeña me gustaba caminar ni cuando fui creciendo; siempre quise ir a todos lados en coche sin tomar en cuenta lo mucho que contaminaba.

Afortunadamente, cuando entré a la preparatoria mis papás me obligaron a caminar de regreso a casa porque se negaban a recogerme y además para la bicicleta nunca he sido buena y a la moto no me dejaban subir. Ahí empecé a usar mis pies otra vez y bueno, fui evolucionando hasta cumplir este gran reto que ya les mencioné.

No voy a mentir: es todo un desafío pero mental. Si quieres llegar pronto, tienes que levantarte pronto o si no, el sol te va a dar en la cara la mitad del camino. Así que eso fue lo que hicimos: 5:30 de la mañana empezamos la marcha. Quedé fascinada con muchísimas cosas: la diversidad de las personas que iban, los paisajes tan bonitos que me tocó ver (desde el amanecer a las 6:45 a.m hasta los pueblitos escondidos que no sabía que existían) y la solidaridad que de alguna manera, nos unía a todos. Había grupos de personas a determinados kilómetros que te ofrecían agua, fruta, una silla para sentarte a descansar y lo que nunca faltaba: una sonrisa amigable. Todos éramos desconocidos que parecían conocerse muy bien; el ambiente era cálido, unos a otros se decían “Ya te falta poco” o se ofrecían la mano para no tropezar con las piedras.

Esto fue, de alguna manera, lo que me motivó a seguir. Todos estábamos ahí por alguna razón, llámenla religiosa, deportiva, espiritual; no necesitaba ser la misma, bastaba con que nos ayudara a no detenernos. Esta caminata fue catártica para mí porque representó la vida, sin más ni menos. A través de nuestras vidas nos encontramos con personas que van al mismo ritmo que nosotros, personas que se quedan atrás, personas que nos toman la delantera. Están aquellas que hacen que todo parezca una competencia o que te tienden la mano cada que lo necesitas. Siempre encontraremos piedras en el camino y partes más blandas, donde nos dan ganas de correr. Todos estamos aquí, viviendo el momento, pero dirigiéndonos hacia un mismo destino (la felicidad) que representa algo diferente para cada quien.

No me queda más que invitarlos a participar el próximo año. Es una experiencia para todas las edades y que créanme, se van a arrepentir si no lo intentan nunca. Nos leemos en la próxima y te invito a checar más del contenido que escribo en mi blog (www.sofindie.com).

Por Sofía Ponce de León Tena