Estaba preparándome para salir rumbo al centro cuando vi que el reloj marcaba quince minutos para las dos. Era tarde incluso para tomar un taxi. Me molesté conmigo misma por no haber calculado mis tiempos y luego de haberme relajado, decidí que hoy no me iba a maquillar, a pesar del terror que eso me causaba.

¿Por qué? ¿Desde cuándo me surgió la adicción por el maquillaje? ¿Fue por los tutoriales en youtube, los nuevos lanzamientos de mis marcas favoritas? ¿Fue porque yo quería usarlo para sentirme bonita o porque los demás me dijeron que tenía que hacerlo para ser bonita? Podrían ser todas o ninguna de esas razones, el punto es que ya era dependiente de ello. De esos productos que hacen que tus pestañas realcen tu mirada, de los correctores para disimular las ojeras del día anterior, de la base que ocultaba todas las imperfecciones y marcas que los años adolescentes me han ido dejando.

Sentía que el maquillaje era un must si quería salir a la calle, ir a una fiesta o incluso tomarme una selfie. Sentía que sin él, iban a verme como una chica desaliñada, descuidada de su imagen personal. Lo sentí y hasta cierto punto lo viví y no fue bonito. He ahí el por qué hice un pacto conmigo misma para pintarme los labios, así fuera muy sutil, cada que me fuera a exponer públicamente.

Así que cuando decidí salir de casa sin una pizca de polvo siquiera, me asusté. Cada que alguien me miraba, lo primero que pensaba era que me estaba juzgando la cara. Que decía en su mente “Esta se acaba de levantar” o algo por el estilo. Pero la única que estaba pensando eso era yo. Y la única que se juzgaba y salía perjudicada era yo.

Así que dejé mi rutina de maquillaje que tan religiosamente seguí durante los últimos años. Y da miedo. Y dan nervios. Y dan ansias. ¿Pero y qué? No tiene caso querer ocultar las imperfecciones (de cualquier tipo) todo el tiempo. Esta soy yo, lo más real que puedo ser. Y si uso rímel o mi labial favorito, quiero que sea por mí, porque se me antoja, no porque siento que es una obligación. Nos leemos en la próxima.

Por Sofía Ponce de León Tena