“Y puede besar a la novia” dijo el padre y toda la iglesia se volvió loca, dando aplausos y chiflidos para felicitar a la nueva pareja. Las bodas son mis fiestas favoritas siempre por diferentes razones. La primera es que la novia se convierte en una princesa salida de una película de Disney; digo, siempre se las arreglan para que se vea hermosa y sea el centro de atención. Segundo, los niños ponen el ambiente en la pista porque son ellos los que juegan con los globos que avientan los animadores de la música, son ellos los que se ponen a bailar al centro; ellos son el alma de la fiesta hasta que se les acaba la energía a las dos de la madrugada.

Por último, es una celebración que todo el mundo disfruta, al menos en la mayoría de los casos. Somos testigos de que el amor sí existe, incluso en estas épocas posmodernas tan turbulentas donde la mitad de la comunicación entre parejas es por medio del Whatsapp. Amo las bodas porque son un nuevo comienzo. Es probablemente la decisión más importante que vas a tomar en tu vida, ¿Con quién quieres compartir tus victorias? ¿Tus derrotas? ¿A quién le vas a soportar los ronquidos de medianoche y le harás el desayuno por las mañanas?

Es extraño pensar en el matrimonio cuando estás en un noviazgo, generalmente se plantea como un futuro lejano pero siempre hay dos posibilidades: o te separas de esa persona o terminas con ella para el resto de tu vida, ya sea legalmente o ante la iglesia o ante la sociedad. Cualquiera que sea el medio para definir la relación, basta con que sea real para la pareja y ya, ¿o no? ¿O es como en Facebook, que si no lo publicas, no pasó? Los dejo con ese pensamiento para esta semana.

Nos leemos en la próxima.
Sofía Ponce de León Tena