Por Sofía Ponce de León Tena

El pasado domingo ocurrió algo que dio gran sacudida en las redes sociales en México. Seguro que ya todos se enteraron sobre el video-reportaje de Aristegui acerca del plagio de tesis de nuestro actual presidente, Enrique Peña Nieto. ¿Llego tarde a la fiesta? Puede que sí, pero es un tema importante que no quiero dejar pasar.

Digo importante no porque vaya a tener severas consecuencias (cuánto me gustaría, pero lo veo más lejos que cerca) sino porque, como diría mi maestro Cuco de géneros periodísticos, nos “despabiló”. Hizo que giráramos la vista de la clausura de los juegos olímpicos en Río hacia lo que, prometía Aristegui, sería la noticia que por fin desbancara a Peña.

Lo primero que comenzó a comentarse en Twitter fue “¿Y luego? ¡Dime algo que no sepa!” No porque fuera noticia vieja pero entre las tantas etiquetas del copetón, ésta ya no viene a sorprender, supongo que por dos cosas:

Primero, me parece que la investigación se quedó a medias, solo en la punta del iceberg. Nos dicen que el 29% de la tesis fue plagiada pero faltó comentar datos acerca de su asesor o lector de tesis o si hubo irregularidades. Quizá habría resultado más completo el reportaje si se hubieran hecho entrevistas formales a las autoridades escolares. Seguro que no soy la única que se preguntó dónde quedaron todas estas respuestas a las dudas que se formaron después.

Y segundo, tristemente no sorprende esta noticia porque es la realidad que alberga en México. Es decir, el plagio sucede todos los días sin mayores repercusiones en las aulas de clase, en los compañeros de a lado, en otros tantos licenciados que ya les urge titularse. ¿Por qué? Quizá porque es la salida fácil, porque todos lo hacen y “no pasa nada”. Como bien se lee en el libro del Príncipe de Maquiavelo, “Cada pueblo tiene el gobernante que se merece” y no será hasta que nos despabilemos (de verdad) que esto empiece a cambiar y el plagio sea visto como el delito que es. Nos leemos en la próxima.