Por Sofía Ponce de León Tena

Esta semana fue el día de la raza (12 de octubre), el día que mi banda favorita lanzó disco (Walls de Kings Of Leon) y el día de la niña (11 de octubre), que me descubrí enrojecida de pena cuando lo mencionaron en la escuela y yo no tenía ni idea de que existía pero vamos, que si hay un día del lavado de manos en Perú y un día de la dona en Estados Unidos, por supuesto que la ONU debía declarar una celebración oficial para las pequeñas alrededor del mundo.

Cuando yo era niña pues, fui tan feliz como se podría haber sido en esa época. Escuchando canciones de Tatiana y bailándolas con ese vestido plateado que me ponía todos los días, comiendo paletas payaso y pulparindos, jugando a las barbies en todo momento y en todo lugar. Barbie no es solo de mi generación, nos marcó a muchas y muchos con sus más de 90 profesiones.

Creo que Barbie fue la que me inspiró a querer ser cosas grandes: a los ocho yo quería ser doctora, astronauta, gimnasta, cantante, científica, bailarina, repostera, etc. No porque fuera indecisa, sino que la idea era poder ser todas esas cosas a la vez, no limitarse a elegir una sola. Ahora reconozco que más que el hecho de que Barbie fuera rubia, alta y bonita, yo quería ser como ella por todo lo que era capaz de hacer cuando se lo proponía.

Qué bonita manera de pensar a tan temprana edad, ¿no? Y si eso era antes, no me imagino en pleno 2016, donde las niñas ya son más listas, más maduras, más rápidas. Donde la equidad de género ya es algo que resuena sin que le hagan el fuchi, el futuro de estas niñas (y los niños también) es mucho más ambicioso del que me podrá tocar a mí. No les dejo tarea pero oigan, pongámonos al día con esas efemérides, no está de más. Nos leemos en la próxima.