Por Sofía Ponce de León Tena

Esta semana fue de puente para algunos y lleno de trabajo para otros. Flores de cempasúchitl y visitas al panteón, pan de muerto hasta en el Oxxo, altares a Juan Gabriel, catrinas enigmáticas, calaveritas a los amigos; en fin, una tradición mexicana que no se puede ignorar y la cual nos diferencia del resto de los países. “Esos mexicanos (han de decir alrededor del mundo), no lamentan la muerte sino que la veneran”.

¿Alguna vez se han puesto a pensar en ello, en dónde vamos a terminar? Es decir, cuando no seamos más que polvo y cenizas. Quizás junto a la persona que amamos, quizás rodeados de desconocidos, quizás al lado de alguien que nos caía mal o con quien nunca nos atrevimos a cruzar palabra. A veces está en nuestras manos decidirlo, a veces no.
Otra cosa que me pone a reflexionar son las lápidas. Acá entre nos, tengo una extraña obsesión con leer cada lápida que me encuentro cuando visito las criptas. Este año me faltó ir, pero el pasado fui a rezarles un poco a mis familiares y en cuanto terminé, mis ojos se fueron de una a otra y otra. Lo básico es que diga el nombre, la fecha de nacimiento y la de muerte, pero si son atentos, sabrán que hay un guión entre estas dos últimas. Esa línea horizontal que termina definiendo tu vida.

Esa línea es bien importante, aunque no lo parezca. Ahí se encapsulan tus logros, tus fallas, tus conocimientos y debilidades, tus amores y tus desamores. Probablemente nadie lo sepa ni se ponga a reflexionar en ello cuando lean tu lápida cada dos de noviembre que visiten el panteón, pero está ahí y pues, básicamente depende de ti darle sentido a ese periodo que va desde que naces hasta que tu corazón deja de latir. Y que no se pierda la bonita costumbre