Tenía dieciséis años aquel verano del 2012 en que Enrique Peña Nieto fue electo presidente de México. Las personas protestaban en la calle, angustiadas, de lo que se vendría el siguiente sexenio. Declararon fraude en varias ciudades, pero en los medios, los resultados electorales no se inmutaron. Mucha polémica, enojo y lloriqueo y una parte de mí agradeció silenciosamente no tener edad para votar, porque aunque Peña no era ni mi última opción, me encontraba perdida y muy indecisa respecto todo lo que conllevaba elegir un nuevo representante a nivel nacional. Y hoy me imagino, pues, que para algunos en Estados Unidos este martes 08 de noviembre, la situación no fue tan diferente.

Durante los dieciocho meses de campaña, siempre se habló de las amplias posibilidades para que Hillary Clinton se convirtiera en la primera presidenta de Estados Unidos. Donald Trump era la burla, el candidato “de chocolate”, que jamás iba a ganar (¿verdad?) porque, teniendo ideologías fascistas, misóginas y homofóbicas, era imposible que alguien concordara con él, o al menos eso pensábamos hasta el momento en que comenzaron a revelarse los resultados en cada estado, dándole una delantera considerable sobre Clinton que culminó en la victoria.

El resto es historia que seguramente ya leyeron, escucharon o vieron. Estuve muy atenta desde julio de este año a la campaña electoral de nuestro país vecino, no solo porque todo lo que sucede allá repercute aquí, sino por el fácil acceso que tenía a toda esa información por medio de las redes sociales. En Twitter hubo alrededor de 40 millones de tuits al respecto, 115 millones de interacciones en Facebook en todo el mundo reaccionaron tanto a los debates previos como al día de la elección.

Y entre todo lo que se habló respecto a uno de los eventos políticos más importantes en la historia de Estados Unidos, hay un par de cosas con las que me quedo y que no podemos ignorar ni ahora ni en el futuro próximo que nos toque decidir por México. Primero, la democracia es obsoleta en una sociedad ignorante: debe evolucionar o desaparecerá. Segundo, hay todo un arte detrás de la oratoria y la comunicación; si no haces sentir emociones profundas a tu público, no ganarás nada (Pocas veces recuerdan lo que dices, pero sí lo que les hiciste sentir). Y por último, la publicidad fue clave para el republicano; que hablen bien o mal, pero que hablen. Y Venezuela con Maduro, y nosotros con Peña y ahora EU con Trump, parece que vamos retrocediendo, que no hemos aprendido de nuestros errores ni de los de los demás. Pero a pesar de todo, hoy salió el sol. Nos leemos en la próxima.

Por Sofía Ponce de León Tena