Por Sofía Ponce de León Tena

¿Alguna vez se han envuelto tanto en el espíritu navideño que de verdad creen que todo es posible? ¿Que diciembre es mágico por ser el último mes del año? Tal como ocurre en esas películas viejas de Navidad que transmiten en la televisión los treinta y un días para que recordemos, nostálgicos, la época en que los buenos deseos se daban frente a frente y no por medio de una pantalla. A lo que iba pues, ¿se han envuelto en esa magia? Porque a mí recién me pasó.

Mis días han estado repletos de anuncios y comerciales publicitarios que proclaman las mejores rebajas para comprar regalos de último momento. De hecho estaba buscando lo que voy a dar para mi intercambio final (gracias a Dios) cuando leí algo que decía “Subasta Navideña” en la página de una aerolínea que por medio de un sencillo concurso te regalaban vuelos a diferentes destinos. Cualquiera que tuviera arriba de dieciocho años y fuera mexicano podía participar.

“¡Es Navidad!” pensé. “La suerte corre de mi lado, sé que puedo ganar ese vuelo” gritó mi subconsciente porque, como sabrán o no, tengo una obsesión con los concursos en Internet, tanto así que hasta he publicado en mi blog algunos tips de cómo ganar que me han servido este último año. ¿Es gratis? ¿Requiere un mínimo esfuerzo? Entonces ya está, me inscribo, no puedo evitarlo.

Total, no les haré el cuento largo, participé y no gané. Le pedí a todos mis amigos en Facebook (y a los de mi hermano, y a los de mi otro hermano) que me dieran like, porque con eso me ayudarían a reencontrarme con una amiga que hace cinco años no veo, lo cual es verdad. Mi meta era alta y aunque me mantuvo todo el día pegada al celular sintiendo que molestaba a las personas con ese “favorcito”, hubo algo con lo que no contaba. Algo que, la verdad, no se me ocurrió.

Alguien, que tal vez también estaba participando o tal vez no, hizo que pareciera que yo estaba haciendo trampa para que me descalificaran. Aunque esto me llenó de frustración durante unos instantes porque me había creído todo ese rollo navideño de que lo lograría y que por ser la época yo era invencible, recordé que no tenía sentido. Que no se trataba de un momento perfecto, del universo conspirando a mi favor o en mi contra, simplemente salió mal, pero no por razones místicas o divinas.

Y mientras yo añado el decreto “No importa cuánto te esfuerces, siempre habrá alguien que te pondrá el pie para que caigas” a mi lista de cosas que aprendí en el 2016, también les quiero desear, por sobre todo esto, felices fiestas en compañía de sus seres queridos, mascotas y demás. Y no se les olvide algo: el año está por terminar, pero eso no debe marcarte pautas para comenzar de nuevo, eso lo decides tú.