Por Sofía Ponce de León Tena

Hay días que sabes que van a ser buenos desde que te despiertas. No porque salgas de la cama con el pie derecho o te dé tiempo de desayunar a tus anchas, a veces es una simple señal mañanera, como que los rayos de sol se cuelan por la ventana o escuchas el canto de los pájaros sobre el cable de luz. Hoy, sin embargo, me levanté con una banda tocando en la lejanía y rastros de la noche anterior (botellas vacías, vasos, charcos de olores no muy ricos) cuando paseé por la calle América por la mañana.

No por esto quiero que piensen que fue un mal día, pero me hizo pensar en lo alejada que estoy de todas las tradiciones de mi pueblo. No voy a las corridas de toros nunca porque no es un espectáculo que me interese presenciar. No voy a los jaripeos porque no disfruto de la música. No voy al día de las bandas porque no es el ambiente en el que me siento más cómoda. Tampoco a las peregrinaciones porque no soy muy devota, aunque eso sí, amo ir a la Iglesia a reflexionar porque es el lugar más silencioso un sábado a las once de la mañana.

No les cuento esto para que digan “Es una extraña” o “Se quiere hacer la diferente y exótica” porque para nada es el caso y seguro hay alguien por ahí, leyéndome o que ustedes conocen, que se siente igual que yo. Y traté de encajar en todo eso, créanme. Pero los intentos fallidos y la experiencia a mis cortos veinte años me dijo que no porque no me guste o lo apoye, me hace menos moroleonesa (Ay, díganme que está bien dicho el término porque se me traba la lengua y también los dedos cuando lo pronuncio).

Porque la verdad es que Moroleón es un montón de cosas bonitas. Es un pueblo lleno de historia, tradiciones y cultura. Es ir a los conciertos que hacen en el jardín. Es ir a bailar los domingos a la plazuela, es ir a la feria con tus amigos en enero. Es probar las tortas de Malena, los hotcakes y los churros que venden en el centro. Es su gente trabajadora y honesta, sus familias, sus comercios (de cualquier tipo). Y me doy cuenta de ello cada que vengo, que ya no es muy seguido por la escuela. Moroleón no solo es el día de Esquipulitas, es el hogar de muchos y nos acoge durante los 365 días del año. Dicho esto y retomando el desorden que me tocó ver en el jardín, hoy por la mañana, la mantra de la semana es mantenerlo limpio y seguro, para nosotros y los que vengan.