Por Sofía Ponce de León Tena

Cuando muera, quiero que me recuerden por tres cosas: haber vivido para contarlo, haber amado mucho y haber sido feminista. Ay, no me digan que esta última palabra les causa un tic… no, ¿verdad? Porque híjoles, ya es 2017, si todavía flotamos en la ignorancia de que feminismo es como el machismo pero para mujeres, si nos quedamos mudos cuando alguien la pronuncia, si todavía no estamos convencidos de por qué hay que ser feminista, definitivamente nos estamos quedando atrás.

No daré fecha exacta de cuándo decidí adoptar este término y apropiármelo, porque la desconozco, pero segurito fue antes de lo que yo llegaría pensar. Quizás en primaria, cuando la niñas siempre iban primero que los niños a la hora de pegarle a la piñata. Quizás fue en secundaria, cuando jugábamos futbol y nos “incluían” en el equipo pero solo dábamos tres pases cuando mucho en todo el juego, porque no fuera a ser que en una de esas un compañero se nos arrimara y su oh-tan-brutal-fuerza nos hiriera. O en prepa, cuando me sacaba mucho de onda salir con niños y que ellos pagaran la cuenta, y que para mí fuera incómodo y para mis amigas fuera un “no te quejes y agradece”.

Es tan obvia la desigualdad, pues. Anda por ahí, petulante frente a nuestras narices, que era imposible (incluso a mi corta edad) que no le prestara atención. Y que más pronto que tarde, supiera que no estaba bien. Me hacía falta callo, eso sí, y una ardua investigación antes de comprender que el feminismo era la respuesta. Todavía se cree que es una ideología que solo vela por las mujeres cuando la realidad es que busca promover la equidad de género.

Me declaro feminista porque me niego a ser oprimida, porque no quiero ser tratada especial o diferente, quiero tener las mismas oportunidades que el otro sexo. Ni más ni menos. Que si gano o pierdo sea por mis capacidades y mis aptitudes, no porque nací con una vagina. Así que ya sabe, a quien le toque tallar mi lápida, lo que ésta debe decir.