Por Sofía Ponce de León Tena

Me sorprende la cantidad de personas a las que no les gusta su cumpleaños. Digo, ¿por qué? Si alguien de esos me lee, por favor explíquemelo con peras y manzanas. En defensa de los que somos pro-cumpleaños, diré que me gusta la fecha porque es un momento perfecto para reflexionar qué tanto te acercaste o te alejaste de tus deseos del año pasado. No es como en Año Nuevo, en que todos juntos comemos uvas y pensamos al unísono “Amor, dinero, viajes”. Es más personal, además de que sirve para ver quiénes sí se acordaron de mandarte una felicitación.

Tampoco es para tomárselo tan en serio. Cuando cumplí dieciocho, por ejemplo, me decían que ya era mayor de edad pero eso ¿qué significaba en realidad? ¿Que ya podía votar? ¿Ir al Oxxo por un six? ¿Ver más películas en el cine? Ahora cumplí veintiuno y me dijeron lo mismo: “Ya eres mayor de edad en todo el mundo” O sea, ya me van a dejar entrar a los casinos de Las Vegas. Soy más de la idea de que la edad no define tu madurez, tu inteligencia, nada. Hay personas que pueden tener cuarenta y cometen más tonterías que un niño de doce años. Y activistas que son menores de edad y aun así han logrado defender sus derechos y los de los demás.

Existe mucha presión actualmente por cumplir tal o cual expectativa dependiendo de los años que vas cumpliendo. A los dieciocho, ya debes estar en la universidad. A los dieciséis ya debes sacar tu permiso para conducir. Tienes que casarte antes de los treinta. Negocios a los veinticinco. Y sí, yo sé que hay etapas pero nada malo sucede si para unos empieza antes o después que para otros. ¿Y si cambiamos el orden? ¿Y si primero pongo mi empresa y luego voy a la universidad? ¿Y si me caso y no dejo de viajar? ¿Qué tiene de malo, si al final logramos lo que queremos y somos felices, solo que a un ritmo diferente? Muchas veces los que rompen las reglas son los que terminan triunfando, eh. Vean a Bill Gates, Nick Vujicic, Malala Yousafzai. Me pregunto si pensaban lo mismo el día de sus cumpleaños.