Por Sofía Ponce de León Tena

Mi día empezó a las prisas; no porque al despertador se le haya olvidado sonar, pero justo cuando me despierto, adoro ver los rayos de luz que se filtran por la ventana, sentir que mi cuerpo funciona otra vez y que es un nuevo comienzo, porque todos los días lo es. Este ritual me demoró un poco precisamente cuando necesitaba aprovechar cada instante, pero de alguna manera lo solucioné.

Cuando escuchamos “reunión familiar” muchas cosas vienen a la mente. Si eres pequeño, seguro piensas “Voy a jugar futbol con mis primos”, “Comeremos ese pastel que solo la tía Teresa sabe hacer” o “Nos sentaremos con el abuelo para que nos cuente las historias de cuando tenía mi edad” y todas estas opciones suenan muy divertidas. Ser un niño y tener la oportunidad de juntarte con todos tus parientes es una de las mejores experiencias porque ves el mundo con ojos de ilusión y lo peor que podría pasar es que llueva y se enlode la cancha.

Pero pasan unos cuantos años, creces, te vuelves adolescente y tus intereses cambian. Ya no te apetece que la tía Cleotilda confunda tu nombre con el de tu hermano cada vez que te ve, ya no juegas a que Ken y Barbie se enamoran porque estás mandándote mensajes con el chico que te gusta. Se vuelve todo muy monótono y aburrido, ni siquiera le haces caso a tu abuela que te ruega que jueguen una partida de dominó.

Mi racha de “soy mayor y no me divierten las reuniones familiares” duró un par de años, debido a que mis primos son de mi edad y hemos crecido juntos. Pero todo cambió esta vez, pues me levanté sabiendo que bien podría ser un mal día o un buen día, dependiendo de mi actitud ante la situación. Conviví y me reí, dejé que la tía Cleotilda confundiera mi nombre, me comí ese pastel que solo la tía Teresa sabe hacer, hablé con la abuela para que me contara todas las historias que su boca le permitía. Fue una reunión familiar como las de antes, las que sí disfrutaba y fue porque me di cuenta de que puede llegar un año donde no se repitan.

Yo crezco, otros envejecen, otros enferman y mueren. El ciclo de la vida no se puede parar y por eso te pido que aproveches a tus seres queridos mientras los tienes. Tómate fotos, aprende de ellos y deja que aprendan también de ti.

La recomendación de esta semana es “Más barato por docena” porque creo que no podría existir otra que se relacione mejor con el tema. Es un clásico que trae risas y algo de drama, incluso podrías hacer una noche familiar para verla. Nos vemos en la próxima.