Por Sofía Ponce de León Tena

Vincent van Gogh siempre ha sido uno de mis artistas favoritos porque sus pinturas logran transmitirme emociones que a veces olvido que existen dentro de mí. Hace tiempo leí un texto muy interesante sobre su vida que decía que Van Gogh se comía la pintura amarilla porque creía que de esa manera, la felicidad estaría dentro de él (Recordemos que el color amarillo muchas veces es asociado con la alegría y la felicidad). Varios creyeron que estaba loco, lo cual probablemente era cierto, pero si estás tan triste como para creer que ingerir algo tóxico va a sanarte, entonces lo vas a hacer sin poner peros. Lo vas a hacer porque crees que es la única salida, lo que te hará sentir vivo otra vez.

Ríanse de Van Gogh si quieren pero, ¿Acaso es muy diferente a lo que hacemos todos los días? Fumar cigarrillos, tomar café por las mañanas y alcohol por las noches. Sabemos que nos va a afectar tarde o temprano, pero no importa mucho, lo seguimos haciendo y disfrutamos el momento.

Las adicciones de las personas me causan interés. Primero empiezan como un experimento, algo nuevo que nos impresiona; hace que abramos los ojos mucho y pensemos “Wow, así que de esto me estaba perdiendo”. La emoción dura solo al principio. Después se esfuma; esa alegría que te causaba ya no está y comienzas a repetir la acción una y otra vez con la esperanza de que llegues al éxtasis que te hizo sentir… o lo que sea que te haya hecho sentir.

Puede ser fuerza, confianza, euforia, valor. Es como aquellas veces que estabas de vacaciones en tu lugar favorito con tu persona favorita y te detuviste un minuto para darte cuenta de lo maravilloso que te trata la vida. O cuando recibiste aquel premio que tanto anhelabas o te diste cuenta de que tu perro daría la vida por ti. Esos pequeños instantes que se van escabullendo en tu corazón, reemplazando las memorias tristes.

Ahí es cuando te haces adicto a algo. No necesitas reconocer que lo eres para serlo. Es un contrato que firmaste pero no leíste las letras chiquitas, esas que decían “Primero pensarás que hago mejor tu vida pero después la voy a destruir”. Pequeño detalle olvidado.

No importa. No importa. No importa que tus pulmones estén podridos y tu garganta arda al ingerir vodka. No importa que la cafeína te deshidrate el cuerpo y que las compras exageradas que hiciste de pronto sean inútiles. No importa que la comida no llene el vacío de tu corazón. No importa que esa persona te lastime, porque tarde o temprano volverás a ella. El problema no es salir, es que no sabes que puedes. Al fin y al cabo, el protagonista de la historia de tu vida eres tú: tú la escribes, tú eliges quién participa, tú eliges quién ya no es importante, tú eliges a dónde te diriges.

A lo que quiero llegar es que todos tenemos una pintura amarilla, si crees que no, presta más atención. Y digo, no está mal que hayas encontrado algo que te hace sentir vivo, pero tal vez sea lo mismo que te dará la muerte.
Hoy quiero recomendarles la película de “Her” de Spike Jonze y definitivamente una de mis favoritas. No habla precisamente sobre pintura amarilla pero hace que te cuestiones muchas cosas acerca de la propia existencia. Nos vemos en la próxima.