“Creo que el popote es el artículo más absurdo de la historia, su vida útil es de unos minutos y NO es necesario en absoluto. Sólo debería fabricarse para personas ancianas o enfermas que no puedan beber de un vaso: es decir debería ser un artículo médico y nada más”.
Claudio Sourrue Gutiérrez, un amigo en Facebook

El 12 de marzo de 1930, Mahatma Gandhi emprendió la denominada “Marcha de la Sal” para violar públicamente una ley impuesta por el Imperio Británico que reservaba la producción y comercialización de la sal sólo a los ingleses. Después de un recorrido a pie de 300km, llegó el 6 de abril a la costa del Océano Índico, se metió al agua y recogió en sus manos un poco de sal; la multitud lo ovacionó e imitó recogiendo agua salada en recipientes. Su ejemplo fue seguido por todo el país y de Karachi a Bombay los Indios evaporaban el agua y recogían la sal desafiando a los británicos a plena luz del día.

Este sencillo gesto resonó en la conciencia de toda la nación evidenciando la injusticia y uniéndolos por encima de sus diferencias, marcando un hito en la lucha por su independencia. Más de 80 años después las formas de dominación han cambiado: ya no son tan burdas. Hoy en día, suave y sofisticadamente somos seducidos por los medios de comunicación, de manera “libre, voluntaria e inconsciente”. He adoptado, con gran entusiasmo, ajenos y absurdos hábitos de consumo que conllevan un costoso impuesto social, económico y ecológico a favor de un sistema irresponsable que ha ensanchado la brecha entre los que tienen más de lo necesario y quienes carecen de lo esencial, ensuciando de paso escandalosamente la atmósfera, suelo, playas y océanos de nuestro planeta.

Por eso me sorprendí cuando vi en el restaurante Wings del aeropuerto de la Ciudad de México un singular cartoncito sobre la mesa que decía: “Ayúdanos a cuidar el medio ambiente pidiendo SOLO LOS POPOTES NECESARIOS” y más abajo sobre la ilustración de un manojo de popotes coloridos y relucientes: “Los popotes forman parte de uno de los 10 contaminantes más comunes en las playas alrededor del mundo”.

Decir no a los popotes pudiera parecer insignificante e intrascendente, sin embargo, al igual que la sal en la India, está llena de simbolismo: representa la cultura del desperdicio que nos involucra a todos sin distinguir credos, razas ni clases sociales; manifiesta la inconsciente facilidad con que cambiamos nuestros buenos hábitos y acogemos con frenesí extranjeras prácticas destructivas en aras de la moda, novedad, modernidad o una cuestionable comodidad o higiene.

Decir no a los popotes es empezar a decir no a un montón de cosas equivocadas que no tenemos porqué suscribir; puede ser un primer paso hacia la generación de Cero Basura y que nos puede mover sin más trámite de la lectura a la acción; de ser simples espectadores, o peor aún, promotores de un estado de cosas deplorable, a dar testimonio ante nosotros mismos, nuestros hijos y los demás de que vivimos en el error y que mientras más pronto cambiemos, más pronto podremos detener este ecocidio del que todos somos parte y que todos procuramos como zombis caminando de la mano hacia el abismo.

Nadie ha muerto por tomar líquidos directamente de un vaso; desde esta modestísima tribuna invito a mis amigos lectores a que cuando ordenen sus jugos o bebidas se diviertan observando la cara que ponen cuando ustedes digan: “Sin popote por favor; los popotes contaminan nuestras playas”.

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero del Iplaneg