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IN MEMORIAM

IN MEMORIAM

Emilio Álvarez Guerrero

Emilo Álvarez Guerrero nació en Uriangato hace más de 70 años. Aprendió el oficio de fabricar colchas y trabajó en algunos talleres de Moroleón. Con el paso del tiempo fundó su propio taller y fabricó sus propios telares y todos los aditamentos necesarios para producir colchas con diseños originales que tuvieron gran demanda. No sólo fue un observador con grandes dotes analíticas sin que pudo generar sus propios métodos de trabajo.

El 11 de enero de 1964 se casó con Beatriz Serrato, moroleonesa, con quien procreó cuatro hijos: Adriana, Emilio, Fernando y Nora. Actualmente el tronco familiar se ha expandido hasta alcanzar 13 nietos y 2 bisnietos. A todos ellos Emilio tuvo la fortuna de compartirles su historia, de convivir con ellos y de darles su amor. Todos atesoran los momentos que pasaron con él pues infortunadamente Emilio falleció repentinamente el pasado 9 de agosto.

Durante su velorio innumerables amigos le presentaron sus respetos a la viuda, Bety, y a sus hijos. En las charlas el contenido fue recordar el intenso trabajo que desarrolló Emilio. Su trato siempre fue afable y cálido con todos sus amigos. Nunca mostró una alegría estruendosa, ni carcajadas ruidosas; mantuvo siempre un discreto encanto con sonrisas oportunas, palmadas ligeras y afectuosas y tomar del brazo, con sus grandes manos, a sus amigos más cercanos era señal evidente de cariño. Estas muestras se sintieron siempre genuinas y espontáneas.

En su taller (Alserr) fue siempre una presencia constante que revisaba cada detalle en el proceso de fabricación y, como producto de esa observación, modificó el diseño original de algunas máquinas para que realizaran cortes o costuras que no estaban contempladas en el diseño original. Ganó un premio a la exportación guanajuatense en 1996 y posteriormente, en un acto simbólico en el Derramadero, se mostró un contenedor con ropa de exportación hacia Estados Unidos en presencia de Fox y del actual presidente uriangatense, Carlos Guzmán. El mensaje fue que era posible exportar productos y no trabajadores.

Durante más de 45 años fue parte de Club Rotario Moroleón al que presidió algunas veces. En todos los proyectos e iniciativas en que se requería colaborar activamente, Emilio estaba presente. Cada presidente del club tenía la seguridad de que contaba con el apoyo incondicional de Emilio y Bety en todos los trabajos.

Esta línea constante de su conducta, su seriedad, su humor discreto, su perseverancia y entrega a los deberes de la amistad hacen que la frase del cantante Alberto Cortez sea cierta: “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío…” al pensar en la trayectoria personal de Emilio.

Vivió la transformación de un taller de colchas al de tejido de punto y últimamente a las máquinas electrónicas. Soportó penalidades y tragos amargos pero siempre se levantó con nobleza y se mantuvo fiel a los valores que impone la amistad: generosidad, apertura, comprensión, apoyo, hospitalidad, transparencia, etc.

Al recordar a Emilio viene a la memoria la figura mítica de los caballeros de la Edad Media para quienes el honor a su dama, a sus pares, a su familia y a su patria eran los deberes más excelsos e irrenunciables. ¡Emilio, querido amigo, descansa en paz!

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