Moroleón, Gto. Alejandro Gordillo, joven empresario moroleonés, trabaja afanosamente. Tiene su local y lo equipó con cámaras de seguridad. Una tarde de la semana pasada, su esposa observó el monitor y le dijo: “alguien está moviendo la moto allá afuera, ¿no es la del herrero?”. –No, -le contestó- puesto que no la trajo. En seguida, alarmado, tomó una varilla y las llaves de la moto y salió disparado hacia la calle. Un muchacho se llevaba tranquilamente la moto de Alejandro y cuando éste le gritó, el muchacho aceleró el paso y metros adelante la arrojó a un lado.

Alejandro corría detrás de él por la calle América y gritaba: “¡deténgalo, es un ratero!”. La mayoría sólo veía la escena pero un señor que llevaba a su esposa en una moto persiguió al ladrón que corrió hacia una calle lateral y se metió, con aplomo, a una tienda y compró una botella de agua que bebía al salir de la tienda. El señor de la moto y Alejandro lograron arrinconarlo y alguien llamó a la Policía.

El ladrón no daba señales de estar nervioso, quizá solo agitado. La policía llegó y atrapó al ratero y a un cómplice que observaba a la distancia pero al correr se delató además de que el joven ladrón lo señaló como el cerebro de la operación. Dijo que ese joven, originario de Yuriria, lo había obligado a robar. El joven, originario de Valle de Santiago, ahora sí se mostró nervioso.

Durante todo este episodio el joven se dio cuenta de que había perdió su celular: un iphone de unos 9 mil pesos. Francamente angustiado, pedía la devolución de su celular pero nadie pudo dar con su paradero. El Ministerio Público local envió el caso a Salvatierra porque el delincuente resultó ser menor de edad, mientras que el cómplice resulto ser un malhechor con un historial de robos. Como el “director” del robo no fue atrapado en “flagrancia”, fue liberado. Mientras que el joven ladrón fue retenido.
En estos casos, la víctima (Alejandro) debía ir forzosamente a Salvatierra esa misma noche para concluir el asunto en la Agencia de menores. Tuvo que viajar, hacer gastos y gastar tiempo en todo el procedimiento. La familia del joven no resultó disfuncional ni pobre; es más, su tía resultó una importante abogada que en principio pedía lo dejaran detenido “para que aprendiera”, pero la ley dijo otra cosa y lo liberaron.

Alejandro debe ir ahora a recoger su moto al corralón y pagar los costos pues el vehículo es “evidencia” y debía ser retenido. Además del coraje y el susto por el posible robo, Alejandro incurrió en gastos y le quitó valioso tiempo a su negocio y a su familia. El ladrón “director” sigue tan campante y el ladrón “operador” aprendió la manera en que se maneja la ley en el caso de delincuentes menores de edad. En todo este episodio, Alejandro supo que cada día se roban cuatro motos solo en Moroleón.
Por eso él recomienda que los motociclistas no avisen por las redes sociales en qué punto se ubican los retenes policiacos o de Tránsito pues esta es información valiosa para los rateros. El operativo más frecuente ahora es detener a toda aquella persona que vaya caminando y guiando una moto. El ratero de este caso, iba tranquilo por la calle caminando y llevando la motocicleta a su lado. No era un pobre joven sin recursos e ignorante pues estudia la prepa. Tampoco se veía inexperto pues al detenerlo le advertía a Alejandro que no le pasaría nada a pesar de haber intentado el robo.