Por Juan Jesús Martínez García

Apreciable lector, luego de la reciente toma de protesta del Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica número 45 y realizando un detenido pero, sobre todo, responsable análisis, considero que resulta fundamental el hecho de reivindicar el interés nacional, visto éste como un empeño fútil en esta era de plena globalización y sobrevivencia del pensamiento único, pero no lo es.

Esto es lo que hacen los estados más alertas y dispuestos no sólo a permanecer este fin de ciclo, sino empeñados en hacerse del máximo poder posible para jugar en la próxima ronda trasnacional por la hegemonía global. Así lo proclamó el Presidente Trump el pasado viernes haciendo gala del más rupestre nacionalismo y de la furia antidemocrática disfrazada de condena del establishment político. Para él, Washington se enriqueció mientras el pueblo empobreció y es al pueblo sufriente a quien se debe su gobierno. Para él, Wall Street no contó, ¿curioso, no?

El plagiado discurso del Presidente Estadounidense, a mi personal manera de interpretar lo dicho, va a significar en el día a día guerra comercial abierta o embozada y ahí será donde se dirima nuestra futura relación con el vecino del norte y el resto del mundo. El pretendido cosmopolitismo de las últimas décadas tendrá que dejar su lugar a una visión ilustrada, global sin duda, pero aleccionada contra la euforia globalista y resignada que rigió la política y la economía desde 1994.

Algunos vieron la apertura y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) como el mejor freno imaginable a los despropósitos del estatismo que había osado nacionalizar la banca y lanzar un enorme programa de desarrollo industrial que permitiera sembrar las ganancias extraordinarias del auge petrolero. Incluso presumieron de ello, como si fuese un triunfo de la democracia que en los hechos negaban. La ironía, cruel como todas las históricas, es que será ahora desde fuera, con un señor como Trump de vocero y fiero operador, lo que nos obligue a girar para encontrar un nuevo cauce para nuestra evolución política y social. ¿Ya era tiempo no? y tal vez no resulte tan catastrófico realmente para nuestro querido México.

Proponer la defensa del interés nacional como divisa para delinear y definir diversas formas de defensa y acción frente al cambio de reglas, usos y costumbres con que nos amenaza Trump, es lo que hemos hecho en y desde el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo en pos de un mayor y mejor entendimiento con el resto de la comunidad universitaria nacional y, de ser posible, tejer una deliberación política nacional que tendría que ser recibida y reproducida por los órganos respectivos del Estado y, en particular, por aquellos dedicados según la Constitución a la representación y la deliberación colegiada.

Es eso lo que el país requiere en estas horas, que se volverán meses, de tensión y espera ante el vuelco político más formidable del que tengan memoria la sociedad mundial, la estadunidense y la nuestra en particular.

Tenemos sin duda y de manera impostergable, que diseñar planes de contingencia y contención para enfrentar los desafíos y amenazas lanzados por el presidente estadunidense desde su campaña y ahora como presidente, pues el gobierno mexicano se ha tardado o en su defecto no ha sido capaz.

Podemos esperar que los pesos y contrapesos ideados por los padres fundadores lo obliguen a frenar su furia y modular sus ínfulas agitadoras. Pero lo que no podemos, ni debemos, es confiar en que eso ocurrirá en la forma y los tiempos adecuados o favorables para nosotros. De aquí la necesidad urgente de planes de corto y mediano plazo para recibir el impacto Trump, que hoy parece un tsunami y a la vez, prepararnos para una nueva travesía por el desierto.

En México necesitamos cambiar la ruta que se ha seguido ya no sólo a contrapelo de los designios constitucionales sino ante los malhadados resultados puestos a flote por la gran crisis que irrumpió en 2008, y encaminarse con paso firme y decidido hacia la construcción de un nuevo curso de desarrollo. Entender y asumir nuestras debilidades y reacciones tardías y lentas ante la forma de crecimiento adoptada a fines del siglo pasado, que no adaptada.

El mexicano no es ni el Estado ágil con capacidades para actuar e intervenir oportunamente frente al ciclo económico y sobre las muchas fallas estructurales que nos asuelan, ni la nuestra es una estructura productiva capaz de ser fuente de crecimiento sostenido y de aprovechar internamente las ganancias.
Sin un Estado adecuado y unas potencialidades productivas constreñidas, no podía haber una redistribución social satisfactoria, mucho menos si se toma en cuenta la erosión sufrida por las organizaciones sociales antes de que el cambio estructural globalizador fuese puesto en acto.

La necesidad de cambiar se hizo evidente e impostergable para nosotros y por eso fue que aparte de insistir en la conveniencia de acciones compensadoras y contracíclicas nos hemos enfocados a documentar y enriquecer una propuesta de cambio económico y social, congruente con los cambios demográfico y democrático también ocurridos a fin de siglo y, más que nada, con las exigencias y afanes de la mayoría dolida de nuestra sociedad. Ahora, esta necesidad de transitar un nuevo curso de desarrollo, orientado por objetivos de bienestar y reivindicación social redistributivos, se ha vuelto vital y urgente. Reclama inmediata recepción.

Las rupturas que pregona el nuevo presidente estadunidense nos afectan negativamente como país y pueden provocar situaciones catastróficas en regiones enteras. Desamparar a las comunidades que en buena parte sobreviven de las remesas no es una contingencia pasajera, como tampoco lo es dejar en el desempleo a los trabajadores inscritos en la industria de exportación del centro norte y el norte de México.

Nos guste o no a los un tanto ridículos cosmopolitas surgidos de la globalización mexicana, todavía hay aquí y en el mundo entero, una dimensión subjetiva y material, física y productiva, que se resume en la noción de patria y nación. Trump tiene la suya y hay que recrear la nuestra; es moral y correcto ¿o no?
De aquí la legitimidad de apelar al interés nacional para forjar una unidad que, sin sacrificar ni reducir las ganancias democráticas, sea capaz de propiciar la acción unificada ahora sí, frente a un extraño enemigo, ja,ja.

O ¿cuál es tu opinión? pues finalmente es la única importante.