“Si no alcanzo la gloria, me conformo con una glorieta”
Germán Dehesa. Periodista, escritor y locutor mexicano.

El destino ha querido que mi vida gire en torno a las glorietas. Mi casa, en la Ciudad de México, donde viví desde mi infancia hasta casi cumplir los treinta años, estaba a tres cuadras de la monumental Glorieta del Riviera, llamada así por estar en ella el Salón Riviera, popular salón de fiestas de la época. Conforma una superficie de una hectárea en donde confluyen tres grandes avenidas: Cuauhtémoc, Universidad y División del Norte y otras calles menores.

A diferencia de nuestro estado, en donde quien va adentro lleva la preferencia, en la capital la preferencia la lleva el más arrojado; le oí decir a mi padre manejando: mira Javier, para entrar a esta glorieta uno tiene que armarse de valor. Este primitivo sistema donde señoreaba la ley del más fuerte funcionó hasta bien entrados los 70’s, en que la cantidad de automóviles y la temeridad necesaria para ingresar a ella ya habían crecido de manera exponencial.

Recuerdo haber presenciado un intento descabellado por poner orden colocando una veintena de agentes de tránsito en medio del caótico torbellino de autos, generando una situación por demás divertida: los conductores platicaban y saludaban de mano a los agentes en medio del terrible congestionamiento. Finalmente la famosa glorieta dio paso a una serie de obras viales mayores y la inevitable instalación de semáforos poniendo fin a años de aventura sobre ruedas. Vi como los semáforos fueron invadiendo la ciudad como una plaga mientras yo sobre mi vochito anaranjado recitaba impotente y desconsolado mi tragedia urbana: “Vivo en una selva de semáforos en rojo”

Llegué a San Francisco del Rincón, y por ende a León, con la cultura del arrojo y la temeridad; tres sustos me bastaron para entender cómo funcionan las glorietas en Guanajuato y adaptarme dócilmente al sistema.

He publicado con anterioridad varios artículos sobre las bondades de las glorietas sobre los cruceros con semáforos, dos de ellos relatando el favorable impacto de improvisar con tambos una glorieta en un transitado crucero de la ciudad en mi camino al trabajo como consecuencia de un desperfecto en los semáforos.

Hace casi un mes que el destino me mandó una nueva e inequívoca señal de que estoy llamado a ser un adalid de las glorietas; esta vez el desperfecto de los semáforos del mencionado crucero fue milagroso: un ángel pro-glorietas bajó del cielo y distrajo por un segundo a un conductor de un Flecha Amarilla obligándolo a estrellarse directamente sobre el poste de uno de los semáforos haciendo que este chocara con los cables de alta tensión y generara un corto circuito de tal proporción que no quedara cable o tarjeta electrónica viva en todo el sistema del crucero.

Ya le había comentado al alcalde, durante el desperfecto anterior, sobre la oportunidad de aprovechar la situación para trabajar en la instalación permanente de una glorieta en forma. En esta ocasión accedió a que se colocaran unos topes provisionales de asfalto para aminorar la velocidad de los automóviles, con el objeto de cuidar a los peatones que empezaban a quejarse del riesgo de cruzar la calle sin la protección de los semáforos. Sin embargo tengo mis dudas de que haya interés de analizar la propuesta y temo que en unos cuantos días regresaremos a las eternas esperas y al circo de ambulantes y limpiavidrios.

En las semanas de gloria que llevo de pasar sin demora cuatro veces al día por este ya emblemático crucero, he llegado a la conclusión de que no todos los cruceros son iguales y que existen condiciones que varían de uno a otro, tales como el número de avenidas que inciden, número de carriles, densidad de tráfico y ángulo de incidencia de cada una de ellas, espacio disponible para las adaptaciones, flujo peatonal y de ciclistas, dimensiones máximas y ángulos de giro de camiones y tráilers etc., factores que presentan retos y soluciones que hay que resolver a la medida en cada caso.

De la observación y el análisis detallado de lo que he visto y en mi posición de neo-glorietólogo hago las siguientes propuestas prácticas, sencillas y económicas:

Señalización: Desde 100 metros antes debe anunciarse la presencia de la glorieta con letreros que lean:
-Disminuya su velocidad, glorieta a 100 mts.
-Dele preferencia al peatón. (Recuerde que toma menos tiempo dar el paso a un peatón que la larga espera que provoca un semáforo).
-Alto total antes de ingresar a la glorieta.
-Los vehículos (incluyendo bicicletas) que ya van dentro de la glorieta tienen preferencia.

Infraestructura: Descubrí también que la distancia del tope al inicio de la glorieta es crítico, mientras más lejos se encuentre de ésta, mayor es la ventaja que tienen sobre aquellos accesos con menor distancia ya que cuentan con más tiempo para acelerar y llegar primero. Un tope-paso peatonal a nivel a unos cuantos metros del acceso cubriría varias funciones: disminuir la velocidad, equilibrar las oportunidades de ingreso en las cuatro direcciones y darle preferencia al peatón.

Adicionalmente puede delimitarse con pintura blanca o amarilla un amplio círculo que delimite el área preferencial dentro de la glorieta de modo que sea fácil para los conductores identificar quienes ya están dentro o entrar primero a esta área.

Lo cierto es que en estas 4 idílicas semanas no he sabido de un solo accidente ni presenciado una sola de las rutinarias largas y eternas filas de espera; los conductores, aún sin señales ni la infraestructura más elemental, negocian su turno con razonable precaución y respeto.

Este crucero puede ser la punta de lanza para concientizar a sociedad y autoridades de que con un poco de mente abierta y buena voluntad se puede escuchar a la ciudadanía y juntos explorar el “como sí”; puede instalarse una glorieta funcional y segura para todos cuya eficacia ya ha quedado demostrada más allá de cualquier duda.
Adapto la frase de Dehesa: “Si como ciudadanos no podemos alcanzar la gloria, que por lo menos nos den la oportunidad de conformar una glorieta”.

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero de Iplaneg