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¡Que alguien me explique!

Columnistas

¡Que alguien me explique!

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero del Iplaneg

“Lo que le des a los niños, es lo que los niños darán a la sociedad.”
Karl A. Menninger (1893-1990) Psiquiatra estadounidense.

Trabajar por más de 15 años patrocinando al Centro Comunitario Nueva Esperanza en una zona marginada de Purísima del Rincón, Gto. nos ha permitido, a mi señora, a las maestras y a mí, ver año tras año cómo han ido cambiando los niños -sobre todo los pequeños- en su vocabulario, sus costumbres, sus juegos y aficiones; nos resulta alarmante que en tan breve lapso se haya gestado un cambio tan radical en su conducta; niños que hace apenas unos años eran fundamentalmente dóciles, obedientes y respetuosos, y sus juegos eran el fútbol, la pichada, saltar a la cuerda, las atrapadas, canicas o tazos, niños cuyos ojos reflejaban inocencia y candidez y constituían la materia prima de este Centro cuyo objetivo es rescatarlos y pavimentarles un camino que les permita convertirse en mejores personas.

Por eso nos tomó por sorpresa darnos cuenta que aquellos jueguitos candorosos ya pasaron a la historia; lo de hoy a la hora del recreo y en las polvorientas calles de su colonia es jugar a los secuestradores!!!

Yo todavía no asimilo lo que me contaron la directora y las maestras: “el miércoles que hablamos con los niños y las niñas que estaban jugando a eso y cuyas edades van entre los 7 y los 10 años, nos dimos cuenta de lo estructurado que tenían el juego, porque cada uno tenía un rol que representar. Uno era el jefe de la banda que tenía varias mujeres -porque así debe de ser.- nos dijo uno de ellos. Unas niñas eran las esposas, otras las hijas. Unos los secuestradores, otros los policías, uno la grúa que se llevaba los carros que le quitaban los policías al jefe de la banda y otro más el capo, el que mandaba a todos.”

En palabras textuales de los niños: “Empezamos jugando a que los policías atrapaban a los secuestradores y los de la banda, pero después, las “esposas” del jefe se querían escapar y entonces mandé a los secuestradores a buscarlas y encerrarlas para violarlas para que entiendan quien manda- y que las viejas no se vuelvan a escapar.”

– “Entonces cuando nosotras los veíamos pasar corriendo creyendo que estaban jugando solo a las atrapadas en verdad eran los secuestradores que perseguían a las niñas y cuando las atrapaban, el jefe iba, seleccionaba una y la tiraba al suelo, se colocaba arriba de ella y le decía que se la iba a dejar ir toda para que la cabrona entienda que no se debe escapar – además a las mujeres les gusta que los hombres les hagan el “amor” e incluso movían su cuerpo con cadencia obscena ejemplificando la escena.”

-“Todo esto lo contaron de una manera tan natural como si estuvieran hablando de las reglas de un juego infantil. Para nosotras escucharlo resultaba muy penoso por las palabras que utilizaban (excusarán los lectores): “vergazos”, “coger”, “violar”, “a las mujeres les gusta que les agarren la cola”. Cuando les preguntamos si podían explicar el sentido de estas palabras nos dimos cuenta que solo las repetían, no tenían idea de su verdadero significado, sin embargo para ellos eran palabras familiares pronunciadas con la mayor naturalidad.”

Este fenómeno no es la excepción ni privativo de esta colonia, es el resultado lógico y predecible de las modernas narcoseries, narconovelas y narcocorridos que están siendo un éxito impresionante en todo el mundo de habla hispana. Sexo, dinero, violencia, promiscuidad y machismo, en tiempo triple A, y ahora en streaming en los celulares y en las nuevas televisiones que el gobierno generosamente le regaló a los pobres para “romper la brecha digital”, historias de gánsters despiadados convertidos en héroes, de gentes pobres como tantos sicarios que a través de las armas y las drogas han salido de la miseria y encontrado fortuna, mujeres, respeto y poder; una fórmula irresistible para capturar la atención del pueblo y venderles detergentes, refrescos y cosméticos y alentar el sueño de que hay una salida fácil y posible a tanta miseria y sufrimiento, un mundo en donde ya no serán los oprimidos sino pondrán a todos de rodillas a punta de balazos y tendrán un harém de mujeres hermosas y solícitas como lo han hecho el Señor de los cielos, Pablo Escobar, el Chapo o la Reina del Sur… No importa que la vida sea corta si se vive como rey. Este patético coctel de antivalores está disponible todos los días a domicilio e incluye a niños de 7 a 10 años que se quedan muy atentos, calladitos y quietecitos durante horas asimilando a la perfección la nueva cultura para practicarla en los recreos o en la calle contra pandillas rivales con picahielos o navajas en lo que se hacen de una pistola de verdad.

Es impresionante la forma en que los niños aprenden y emulan lo que ven en la televisión, para ellos fantasía y realidad son una misma cosa. Cuando era niño veíamos los programas de Superman y recuerdo haber escuchado que más de un niño había muerto al tirarse desde la azotea con una capa emulando al superhéroe.

Mientras las autoridades sigan permitiendo estas transmisiones en horarios AAA, los ríos de dinero sigan fluyendo hacia las televisoras de manos de las grandes e igualmente irresponsables empresas patrocinadoras, y nosotros como padres y sociedad no estemos al pendiente de lo que hacen y ven nuestros hijos y los ajenos, estaremos permitiendo que toda una nueva generación se siga nutriendo de esta contracultura que ha abierto ya una caja de pandora, cuyas consecuencias en términos de inseguridad ya estamos padeciendo y que se recrudecerá irremediablemente si no hacemos algo pronto para contenerla.

La educación y la tele

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