Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero del Iplaneg

“El Producto Interno Bruto mide todo en pocas palabras, excepto lo que hace que valga la pena vivir”.
Robert Kennedy

En la cordillera del Himalaya, entre China e India, se encuentra Bután, pequeño país un poco más grande que Guanajuato con tan solo 700,000 habitantes. El príncipe Singye Wangchuck tuvo que asumir el trono en 1972 a la edad de 16 años cuando su padre murió repentinamente. En su primera salida a la India se le acercó un reportero y le preguntó cuál era el Producto Interno Bruto de Bután, a lo que el joven monarca le contestó con otra pregunta: “¿Por qué están tan obsesionados y enfocados en medir el Producto Interno Bruto?, ¿Por qué no nos preocupamos más por medir la Felicidad Nacional Bruta?”. Más recientemente le preguntaron al primer ministro: ¿Cómo pueden crear y medir algo que se evapora, como la felicidad?”, a lo que éste respondió: “Escuche, el objetivo de Bután no es crear felicidad. Nosotros creamos las condiciones para que la felicidad ocurra. En otras palabras, creamos el hábitat de la felicidad”.

Este singular país ha vivido aislado del mundo hasta principios de este siglo preservando su cultura, religión, vestimenta, costumbres y festividades. Vive de la venta de energía hidroeléctrica a la India, de la agricultura y, más recientemente de un incipiente turismo. Su constitución establece (y así se ha cumplido) que el 60% de su territorio debe preservarse como zona protegida, en forma de parques nacionales, reservas naturales y santuarios de vida silvestre, estas zonas están intercomunicadas por corredores biológicos que permiten el tránsito de los animales por todo el país, desde las selvas bajas hasta las elevadas y escarpadas montañas.

Esta filosofía política ha convertido a esta pequeña nación en un referente que ha hecho al mundo voltear a verla cuestionando la pertinencia de esta “economía que mata” en la que vivimos y que el Papa Francisco desnuda en su encíclica Laudato si’, y que no ha traído felicidad, ni equidad, ni sustentabilidad, ni armonía y lleva a la deriva nuestro planeta y a sus habitantes dejando a su paso, como daños colaterales, un cochinero medioambiental, desempleo, desigualdad y miseria.

Bután es considerado uno de los lugares más felices del mundo, fuente de inspiración para planeadores, ecologistas, políticos, educadores y economistas para reencauzar y reenfocar planes y programas de gobierno que van y vienen sin lograr lo que debiera ser el objetivo de todo gobierno: dar paz, armonía y felicidad a sus gobernados; sin embargo la reciente “apertura y modernización” que se ha dado a partir del 2000 en que apenas llegaron la televisión y el Internet lo está poniendo a prueba ya que el país empieza a mostrar el impacto que estos medios desencadenan en una nación “inocente” que predica desde sus albores la máxima budista de que el deseo provoca sufrimiento. Resulta fácil ahora vincular en este experimento involuntario, a la publicidad y el circo que la acompaña, con un alarmante incremento en ciertos problemas sociales, que ya nos son familiares en los países no felices, como desempleo, aumento de la deuda pública, consumo de drogas y alcohol, violencia y multiplicación de antros y robos.

Acostumbrados como estamos vivir permanentemente entre el deseo y el consumo vale la pena reflexionar en lo que Hyman Judah Schachtel nos dice en su libro “El verdadero placer de vivir”: “la felicidad no consiste en tener lo que queremos, sino en querer lo que tenemos”.

Los indicadores que manejamos en el resto del mundo, empezando por el Producto Interno Bruto, no miden ni cuentan lo que verdaderamente cuenta en la vida, es hora de empezar a imaginar una nueva manera de contar, una nueva forma de concebir qué es lo importante en nuestras vidas y trabajar en conjunto para que nuestras políticas nos permitan alcanzarlo.