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Suburbios infelices

Columnistas

Suburbios infelices

Por Ing. Javier Hinojosa
Presidente de Iplaneg

Algo crucial y siniestro ha sucedido en los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo 20: Hemos transformado nuestros encantadores paisajes del Nuevo Mundo de prácticamente todas nuestras ciudades, en un inmenso y uniforme tugurio automovilista y en el proceso hemos creado un entorno cotidiano ecológicamente catastrófico, sin futuro económico, socialmente tóxico y espiritualmente degradante. Hay muchas formas de describir esto, lo puedes llamar desfachatez suburbana pero me parece más apropiado llamarlo la mayor equivocación en la asignación de recursos en la historia de la humanidad.
James Howard Kunstler, escritor, crítico social y conferencista estadounidense

Este sábado recorrí con mi hija y un amigo la zona de las Joyas, en la ciudad de León, a escasos minutos de la zona residencial más rica y opulenta del estado. Nos adentramos en el sub-mundo llamado las Joyas, un contraste abismal entre dos mundos distintos, dos clases sociales profundamente desiguales, dos formas de vida diferentes, dos escenarios de futuro completamente dispares dependiendo del lado de la cañada en que te haya tocado nacer.
Entramos por la arteria principal de la zona, el “bulevar” Aristóteles, un vocablo excesivo para los dos estrechos carriles con pavimento flanqueados por laterales de terracería en pésimo estado por donde autobuseros y conductores desesperados tratan inútilmente de avanzar en la siempre congestionada vialidad. Por el centro del camellón una ciclovía de buena factura utilizada por por motos, bicis y peatones. Me llamó la atención la super-avenida de 6 carriles de concreto hidráulico que une al Poli de las Joyas con esta avenida de eternos embotellamientos, una obra inverosímil para un flujo de autos inexistentes e improbables para estudiantes que llegan a pie o en bicicleta.
Llegamos al parque al atardecer, un espacio público espléndido, profusamente iluminado, digno, vibrante y lleno de actividades en donde niños jóvenes y adultos se encuentran en familia para jugar, ejercitarse en los múltiples y robustos aparatos, hacer piruetas en la pista de patineta o simplemente sentarse para ver alguno de los partidos en curso. Rodeado por una iglesia, talleres de capacitación, un espectacular edificio de una escuela primaria recientemente inaugurada con arquitectura digna de cualquier Universidad del primer mundo y un inmueble con oficinas municipales, todo integrado en un oasis alentador en medio de la anarquía urbana y social de la zona.
En otras zonas de las Joyas se aprecian varios desarrollos “tradicionales” de esos tan comunes como nefastos: cientos de casas iguales y el desarrollo de 80 torres de vivienda popular vertical. Al final, la vida en las Joyas es complicada: para ir al súper, al mercado, a la escuela o al parque hay que recorrer grandes distancias por las calles de tierra y para ir a trabajar hay que pagar y padecer el tedioso y congestionado viaje por la Aristóteles en camiones atiborrados de gente, y cuando ambos padres trabajan, los niños se quedan desatendidos (algunos incluso encerrados) buena parte del día.
En You Tube (TED) James Kunstler nos dice: “hay una gran catástrofe en los lugares y los entornos humanos que hemos construido en los últimos 50 años y es que nos han privado de la capacidad de vivir en un presente alentador” y esto lo hace en referencia a la vida en los suburbios norteamericanos en donde en lugar de pasarse 2 horas en camión en la Aristóteles se pasan 3 en auto en la autopista, y en lugar de vivir aislados en una modesta casa de 50 m2 lo hacen, igualmente aislados en casas 7 veces más grandes y mejor equipadas. En resumen: diferente presupuesto, mismo sufrimiento.
Más adelante menciona: debemos mejorar nuestra capacidad de definir el espacio y crear lugares que vale la pena cuidar, él proviene de una corriente cultural que llamamos la cultura del diseño cívico. Este es un cuerpo de conocimiento, métodos, técnicas y principios que botamos a la basura después de la Segunda Guerra Mundial, y decidimos que ya no la necesitamos. Tendremos que vivir más cerca de nuestros lugares de trabajo. Tendremos que vivir más cerca los unos de los otros. Tendremos que cultivar alimentos más cerca de donde vivimos.
Una ciudad contiene órganos que sustentan la vida: los órganos comerciales (tiendas y negocios), los órganos culturales (escuelas, teatros y bibliotecas), los órganos domésticos (casas y apartamentos) y los órganos cívicos (palacio municipal, estación de policía). Tendremos que devolver este conjunto de metodologías, principios y competencias para así volver a aprender cómo componer lugares significativos, lugares que sean íntegros. Que sean organismos vivos en el sentido de contener todos los órganos de nuestra vida cívica, y nuestra vida en comunidad, desplegada de forma íntegra, para que las viviendas tengan un uso lógico en relación con el comercio, la cultura y la gobernanza. Tendremos que volver a aprender cuáles son los cimientos de estas cosas: la calle, la cuadra, el barrio. Cómo componer espacio público que sea tanto grande como pequeño. El patio, la plaza. Cómo hacer uso verdadero de esta propiedad.
Confieso que la visita al parque documentó mi optimismo sobre un cambio posible, la vida no tiene por qué ser ardua y dolorosa para nadie. Con un poco de gestión con empresarios, debe ser posible insertar industria en esta zona, multiplicar parques como el descrito, construir una cuadrícula de ejes viales con transporte público digno a cada kilómetro, edificando en sus intersecciones centros de barrio con todos los servicios, conectando estos con las viviendas a través de andadores peatonales y ciclovías.
Sin embargo no puedo evitar deprimirme al visitar estas zonas marginadas tan abundantes y comunes en nuestro país. Kustler nos reprocha con un lenguaje directo e implacable la forma como urbanizamos: nos hemos dedicado a crear espacios que no vale la pena cuidar, en donde no vale la pena vivir y que se están sumando a civilizaciones que no vale la pena continuar.

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