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¿Te acuerdas, papá?

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¿Te acuerdas, papá?

“Danos hoy nuestro pan de cada día”. Del Padre Nuestro.

Fuimos a comer mi señora y yo a la casa de mis papás, mi padre sentado en la cabecera al lado de su equipo portátil de oxígeno que desde hacía unos meses era ya su imprescindible compañero, su salud a sus setenta y nueve años se deterioraba día a día debido a su progresivo e irreversible enfisema pulmonar.

Platicamos de todo y de nada, recordé las veces que de niños nos llevaban a la Basílica mencionando el calor y el gentío de aquellas sofocantes visitas a la virgen de Guadalupe. Mi padre se puso serio, me interrumpió y comenzó un discurso severo muy típico de él, ¿por qué solo recuerdas esos momentos aciagos y te olvidas de los gratos eventos que de seguro deben existir entre los recuerdos que tienes de tu vida conmigo? Me sentí molesto durante la perorata, lo dejé que terminara con impaciencia y quedó flotando en el ambiente un incómodo silencio. Cuando nos levantamos de la mesa mi señora me remató con otro reproche: “debiste abrazarlo, solo te estaba pidiendo que tuvieras también presentes los momentos felices que viviste con él”. Quise defender lo indefendible, pero no había modo, tenía toda la razón; mi padre en el ocaso de su vida y cerca de su partida prefería que recordáramos lo mucho de lo bello que vivimos con él; me sentí muy mal, terriblemente culpable. Unos días después, me di a la tarea de inventariar uno por uno todos los recuerdos bellos y emotivos de mi vida con mi padre, tarea que hice con diligencia todas las tardes durante los meses que faltaban para la que fue su última Navidad. Resultó un ejercicio maravilloso, como si fuera una madeja, cada recuerdo me traía otros y esos a su vez otros más; evocarlos me conmovía profundamente al grado que muchas veces me tenía que detener en la escritura para limpiar las lágrimas. Le escribí por ejemplo:

¿Te acuerdas, papá, de aquel sábado por la mañana en tu amplia oficina iluminada por un ventanal, el pesado escritorio al centro y los cajones que abrimos mientras no estabas y en los que encontramos tus tesoros: juguetitos de nuestra más tierna infancia junto a unos trozos de papel ajado doblados con cuidado con letras grandes y temblorosas donde habíamos escrito, con toda la ilusión que tú y mamá nos habían inculcado, nuestras cartas al niño Dios?

O en Acapulco, en Caleta, mi hermano Juanjo y yo tomados de tus manos, por primera vez dejábamos que el agua de las olas lamiera nuestros pies llevándose la arena por debajo sintiendo el vértigo de ser arrastrados por el inmenso mar, inocente en la orilla.

O aquella otra tarde en el jardín trasero de la casa, habías llegado temprano, el clima era tibio, el pasto era suave y tú, sentado a nuestra altura, te divertías con nosotros, no faltaba nada, papá… el mundo aquel era un lugar seguro, el instante era hermoso, la vida era perfecta.

Esa sala de la casa que tantos nacimientos vio pasar, el coro de los Misioneros del Espíritu Santo en el fondo y los 7 hijos contigo y con mamá en bulliciosa actividad desmadejando viejas series de foquitos, rompiendo por turnos las esferas, peleándonos el honor de poner la estrella en la punta del arbolito dejando a nuestro paso un regadero de musgo y tierra por todos lados, el pesebre vacío en espera del niño Dios que estaba por nacer, la Virgen María y San José en permanente contemplación; me decías que la vaca y el burrito con su aliento calentaban al niño Dios, mientras de todos lados se acercaban pastorcillos de tamaños y nacionalidades diversas, algunos mancos y otros cojos, por el larguísimo tránsito de una a otra Navidad.

O cuando fuimos a Guanajuato y nos llevaste a ver las momias y nos regresamos muertos de miedo preguntándote de cadáveres y cementerios; nos contestabas con paciencia, junto a ti no teníamos miedo.

Más adelante con una terquedad incansable finalmente te convencí de que me compraras unos baleros para hacer una avalancha (lo de los carritos no es nuevo como ves) y me compraste también mi herramienta de carpintero que utilicé y atesoré mucho tiempo, un motor de plástico transparente que pude armar sin instrucciones y un montón de barquitos , cochecitos y aviones que ensamblaba y pintaba con esmero, un órgano eléctrico y varios acordeones según mi edad y mi desempeño, ejércitos enteros de soldaditos de pasta y mecanos, pinturas de aceite, pinceles y lienzos para pintar toreros, plastilina y alambre para hacer esculturas; más tarde, tu aval para mi vocho anaranjado y después para la máquina de 4 colores de la imprenta, todo me lo diste generosamente.

¿Cuántas veces habremos ido a los toros juntos?, juntos en el ritual de llegar temprano y ver cómo la plaza se iba llenando de colores entre olor de habanos y pasodobles; juntos en la contagiosa alegría de las leperadas ingeniosas de la porra de sol, juntos en los olés de las tardes de orejas y rabo y también en la distracción de las tardes sin pena ni gloria, pero juntos papá, juntos tú y yo.

Después me fui a Inglaterra y ahí supe lo que era la soledad, todas las mañanas camino a la Universidad revisaba mi casillero con la viva esperanza de que el perezoso e impredecible cartero me hubiera dejado una de las largas y hermosas cartas que me escribías con todo tu cariño y en las que me decías la ilusión con la que esperabas mi regreso.

O aquella vez que me platicaste cómo de joven estuviste al borde de la muerte y cómo Dios quiso que vivieras y nos vieras nacer y lo bello que había sido tenernos cosa que por un instante pudo no haber sido.

El otro día me contaste cómo cuando bebé me acurrucabas en tus brazos y, desafinado, me cantabas canciones de cuna para que me durmiera; sólo de evocar la escena se derrumban mis defensas. Quizá en todo este tiempo no he sabido mirar, a través de esa forma muy tuya de ser, lo que realmente hay en tu corazón y he dejado que esta bruma marque una distancia entre tú y yo. Hoy que las manecillas del reloj giran aún para los dos quiero decirte que en el abultado y luminoso inventario de los recuerdos de mi vida contigo ganan por mucho los bellos momentos y si he dejado que unas cuántas espinas se interpongan entre nosotros, es mi culpa, no hay mejor momento que una Navidad como ésta para decirte lo mucho que te quiero papá.

Le regalé el escrito encuadernado y envuelto para Navidad, desgarró la envoltura y, cuando supo lo que era, lo apartó con cuidado para leerlo más tarde. Unos meses después falleció y cuando regresé a su casa vi que el cuaderno estaba ahí descansando sobre su escritorio.

Ahora que celebramos a los padres no puedo dejar de reconocer lo mucho que le debo, sus dichos de sabiduría popular, su ejemplo de hombre congruente, su lucha por hacer de México un mejor país, un país sin corrupción, de su esfuerzo por formar a sus hijos como hombres y mujeres educados y de bien.
Su recuerdo sigue siendo para mí una presencia de aliento e inspiración, un reto para pasar a mis hijos y mi entorno el rico legado que él me dejó en su paso por la vida.

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero del Iplaneg

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