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Columnistas

Un empujoncito

Por Ing. Javier Hinojosa
Consejero de Iplaneg

“El Objetivo de Nueva Esperanza es Apoyar de manera complementaria a los niños con sus tareas en un ambiente cordial y de calidez humana, fomentando en ellos el deseo de aprender de una manera divertida, creativa e innovadora para que no deserten y logren terminar una licenciatura o carrera técnica”.
Misión de Nueva Esperanza (2003).

El Centro Comunitario Nueva Esperanza, conocido como “La Escuelita”, lo fundamos 3 matrimonios amigos en el año 2000 por invitación del entonces alcalde de Purísima Miguel Márquez Márquez; iniciado como Escuela de Educación Especial en la comunidad de San Javier, una de las zonas más marginadas del municipio, pronto se transformó en un Centro Comunitario al que empezaron a acudir niños de primaria y secundaria de las zonas aledañas, a quienes se les brindaba una comida al día preparada por las mismas mamás y, con el apoyo de maestras y mentores de servicio social; se les ayudaba en sus tareas explicándoles los temas que no habían comprendido en la escuela regular. Se incluían actividades deportivas, recreativas y de computación.

Desde el principio empezamos a sembrar en los pequeños el deseo de seguir estudiando, más allá de la primaria y la secundaria, para que se soñaran terminando una carrera en la universidad, cosa excepcional en un entorno en que lo habitual es que abandonen la escuela después de la primaria para seguir la misma vida de carencias y sufrimiento que han vivido por generaciones.

Por eso este sábado, 15 años después, tuvo lugar un sencillo pero emotivo evento: la entrega de reconocimientos a los alumnos que han prestado su tiempo de servicio social y la presencia de varios exalumnos que cursan ya la preparatoria o la universidad quienes platicaron ante un nutrido y atento auditorio de niños y padres de familia, recuerdos de su infancia en la escuelita y sus experiencias como universitarios.

Les comparto algunos de sus testimonios:

-“Venía a la escuelita de pequeño cuando apenas había dos aulas y me acuerdo que yo era de los burritos, pero aquí me ayudaron a comprender lo que no había entendido en clase y empecé a sacar mejores calificaciones y a encontrarle el gusto al estudio, me di cuenta de que realmente no era tan burrito. Ya terminé enfermería en el CECYTEG y voy a presentar por segunda vez el examen de admisión para entrar a medicina en la Universidad de Guanajuato”.

-“Al principio iba con flojera porque mis papás me obligaban; cuando empezaron a explicarme las tareas de matemáticas y vi que no era tan difícil, empecé a mejorar mi desempeño y a perderle el miedo a las clases, fue entonces cuando todos los días me apuraba en las labores de la casa para no faltar y poder llegar temprano”.

-“Somos 5 los que estamos en la universidad, todos compañeros de esta escuela, me doy cuenta de que si te propones algo, lo puedes lograr. Échenle ganas, muchachos, y no se desanimen; si nosotros pudimos, ustedes también van a poder”.

-“Quiero agradecer a las maestras y a la escuela todo lo que han hecho por mí, ahora estoy mejor preparado y soy mejor persona”.

Uno tras otro 16 ex alumnos sobreponiéndose al nerviosismo hablaron en público de sus experiencias. Nos convencimos que todo lo que necesitan estos jovencitos, con menos suerte que nuestros hijos, es un pequeño empujoncito. Yo recordaba a algunos de ellos de pequeños, desarrapados y temerosos, el verlos ahora educados, más maduros y con ese aire de estudiantes -que dan los años en las aulas- me conmoví profundamente, me di cuenta que la teoría era correcta, de descubrir el potencial que llevan dentro, para despertar a una vida de más aliento, para romper con ese círculo de pobreza y baja autoestima al que parecieran estar condenados y que con un pequeño esfuerzo de nuestra parte aplicado en una edad en la que aún son dúctiles y receptivos, les puede cambiar la vida para bien y para siempre.

Después prendimos una fogata en la que chamuscaron y devoraron malvaviscos y salchichas hasta saciarse. Un niño de 12 años vestido como el Zorro con una capa y un sombrero negro sacados del basurero regresa caída la noche con su hermanito a su casa perdida en el cerro, hacemos votos porque lleguen con bien. Bajo el cielo estrellado y el aire cálido regresamos mi señora y yo a casa en silencio, conscientes de que el esfuerzo no ha sido en vano e invadidos de un sentimiento de satisfacción y gratitud a la vida por habernos permitido hacerle una caricia a lo más tierno y prometedor de este maltrecho microcosmos que se encuentra aquí en Purísima como en tantos lados, al alcance de nuestra mano.

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