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Un nuevo estudio sobre el cerebro de las aves demuestra que tener un cerebro grande depende de tener «buenos» padres

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Como poseedores de algunos de los cerebros más grandes del reino animal, los humanos solemos suponer que el rendimiento cognitivo, la resolución de tareas y las interacciones sociales fueron los ingredientes básicos que promovieron la evolución de nuestros complejos cerebros.
Nuestro nuevo estudio, publicado recientemente en Proceedings of the National Academy of Sciences, cuestiona esta suposición intuitiva.

En conjunto con otros factores biológicos y ecológicos, los factores cognitivos y sociales pierden su papel protagonista en el aumento del tamaño del cerebro. En cambio, es la cantidad de cuidados parentales que recibe la cría lo que favorece un cerebro más grande.

Los cerebros son caros

El cerebro es uno de los órganos más costosos del cuerpo de un animal: la actividad neuronal requiere grandes cantidades de energía. Cuanto más grande es el cerebro, más energía necesita para mantenerse.

Los biólogos han asumido durante mucho tiempo que este gran coste tiene que venir acompañado de algunos beneficios sólidos proporcionados por ser de cerebro grande. Algunas de las ventajas propuestas eran las habilidades cognitivas, la capacidad para resolver problemas difíciles y participar en interacciones sociales complejas.

Observar a los humanos, los grandes simios y otros primates parece confirmar esta suposición: nuestros grandes cerebros se utilizan habitualmente en situaciones que requieren soluciones creativas y para mantener la integridad social en grandes grupos.

Hay un problema con este razonamiento. Los cerebros grandes tardan mucho en crecer y, mientras lo hacen, siguen necesitando cantidades sustanciales de combustible (incluso más que en la edad adulta). Además, son bastante menos potentes antes de alcanzar su tamaño y complejidad definitivos. Por tanto, los animales en crecimiento tendrían que «pagar» por cerebros en crecimiento, pero no podrían utilizar la potencia de los cerebros durante un tiempo considerable.

Investigaciones sobre el cerebro de las aves

Para resolver esta aparente paradoja, decidimos apartar la mirada de los mamíferos, tradicionalmente utilizados en la investigación del cerebro, pero también estudiados casi exclusivamente en el contexto de la cognición. En su lugar, nos sumergimos en el mundo de las aves. Las aves son modelos asombrosos en muchos estudios evolutivos: son extremadamente diversas, tienen una amplia gama de estilos de vida y viven en casi todos los hábitats salvajes de la Tierra.

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El tamaño del cerebro de las aves también varía enormemente, desde los pollos y avestruces, de cerebro relativamente pequeño, hasta algunas de las especies más inteligentes y de cerebro más grande, como los loros y los córvidos.

Nótese que aquí nos referimos al tamaño relativo del cerebro. En otras palabras, nos interesa el tamaño del cerebro en relación con todo el cuerpo del animal. Después de todo, es fácil tener un cerebro grande (en términos absolutos) si se es un animal grande en general. Estos aumentos del tamaño del cerebro en relación con el tamaño del cuerpo tampoco conducirían necesariamente a una mejora de la cognición.

Nuestro análisis incluyó más de 1.000 especies de aves de las que teníamos datos sobre el tamaño del cerebro. También recogimos muchas otras variables que podrían ser relevantes como posibles impulsores del tamaño del cerebro: el clima en el que vive cada especie; si es migratoria o no; cómo se alimenta y cuál es su principal fuente de alimento.

Y lo que es más importante, para todas las especies incluidas, pudimos encontrar registros sobre lo sociales y cooperativas que eran, y cuántos cuidados parentales proporcionaban a sus crías.

Todo empieza en el nido

Nuestro análisis reveló que, en combinación con todas las variables incluidas, los factores sociales sólo estaban débilmente relacionados con la variación del tamaño del cerebro en las aves.

Resultó que la cooperación y la vida en grupos más grandes -circunstancias que comúnmente se asume que están fuertemente vinculadas a cerebros grandes y complejos- casi no importaban como causas de una excepcional cerebralidad.

De todos los rasgos analizados de las especies, sólo los directamente relacionados con el cuidado parental y el aprovisionamiento de las crías mostraron fuertes relaciones con el tamaño del cerebro. Nuestros datos mostraron que las especies que alimentaban a sus crías durante más tiempo eran las que tenían algunos de los cerebros más grandes (de nuevo, en relación con el tamaño corporal).

El estilo de desarrollo también importaba mucho. Las aves pueden dividirse fácilmente en dos grandes grupos. Las especies precociales son aquellas en las que los juveniles nacen de huevos ya relativamente bien desarrollados (como las gallinas, los patos, los gansos), requiriendo poca o ninguna alimentación.

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Por el contrario, las aves altriciales nacen muy poco desarrolladas. Por lo general, sus crías son ciegas, están desnudas y dependen totalmente de los cuidados de sus padres. A este grupo pertenecen algunas de las aves más conocidas que encontramos a diario, como gorriones, herrerillos, petirrojos y pinzones.

Como las aves altriciales reciben relativamente más cuidados de sus padres, predijimos que también podrían desarrollar cerebros más grandes, un patrón que vemos claramente en nuestros datos.

Aunque cuestionables desde el punto de vista de otras hipótesis existentes (como la «hipótesis del cerebro social» mencionada anteriormente), nuestros resultados tienen mucho sentido.

Como ya se ha dicho, los cerebros son grandes consumidores de energía. Si esta energía no puede ser suministrada de la forma habitual (porque un joven tiene un cerebro poco desarrollado y no puede alimentarse de forma independiente), debe ser suministrada por la alimentación parental.
¿Siguió la evolución del cerebro humano el camino de las aves? Nuestros resultados plantean una pregunta interesante: ¿siguió la misma lógica la historia evolutiva de los cerebros de mamíferos y humanos? ¿Dependió más del cuidado parental que de la expansión de los comportamientos sociales y las interacciones cooperativas? Probablemente sí. Existen pruebas de que la gran aceleración de la evolución del tamaño del cerebro humano estuvo asociada al aumento del número de cuidadores y a la prolongación del aprovisionamiento de los jóvenes hasta bien entrada la adolescencia.

También parece que el tamaño del cerebro de los mamíferos está limitado por la cantidad de energía que las madres pueden transferir a sus crías hasta el destete. Cuando se trata de tener un cerebro grande, parece que el amor y los cuidados de los padres son anteriores a cualquier aprendizaje posterior.

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